La Negri

A modo de introducción

A partir del aumento considerable en la población envejecida de occidente, ha surgido un interés evidente en la investigación y debate público sobre la edad. Sin embargo, este interés se basa en una construcción discursiva específica de quién es el/la “viejo/a” que se tiene en mente y cuáles son las “soluciones” que este/a requiere. Este discurso, fundamentando en preocupaciones sobre recortes presupuestarios a gastos sociales implícitos en el contrato social del estado benefactor, y que se remonta a la era del surgimiento de la política conservadora-neoliberal Thatcher-Reagan de finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo, ha reducido substancialmente el ámbito de entendimiento a medidas de carácter médico-técnico, o lo que algunos críticos han descrito como “la mirada médica” de Foucault (Powel y Wahidin, 2006). Es preocupante que este discurso no tan solo se subscribe a un discernimiento del proceso de envejecer como uno de deterioro —físico, intelectual, emocional, social— y por consiguiente, patológico, y requiriendo de injerencia y gastos médicos— sino que abona a una continua visión del envejecido como un objeto de intervención. Más aún, en esa mirada miope común, el/la envejecido/a parecería no tener características propias, entre otras, de raza, género, educación, sexualidad, familia, etc., sino que se entiende a un nivel genérico y excluyente a partir de su edad.     

La Negri

María Bienvenida Rivera, aka La Negri [1], nacida en el 1940 o 1941, aunque ella no está segura del año en que nació, es lo que comúnmente se describiría como “un personaje”. En realidad es una persona que, como miles de seres humanos en nuestro país —y en todos los países del mundo—, la sociedad logra, por razones de pobreza, raza, trasfondo y edad, transformar en una caricatura, invisible en muchos sentidos, excepto para la mofa o el atropello. Desde que vivo en el Viejo San Juan, y como cualquier residente del área, me tropiezo con ella en alguna esquina —generalmente entre La Barandilla y la Plaza de Armas— ante las súplicas de que “tiene hambre y no ha comido nada”, y/o para que “la ayude a completar para comprar una receta en la farmacia, porque se cayó anoche y tiene la pierna que…” Recientemente su súplica ha sido más desesperada, pues periódicamente narra que “anoche me iba a tirar desde el Morro, pero tuve una aparición que me convenció que no lo hiciera”. En estas ocasiones añade que ninguno de sus hijos se ocupa de ella y que ni siquiera sabe en dónde están “esos hijos de puta”. A través de los años le he dado el consabido pesito, a veces más, a veces menos, pero cuando no lo he hecho soy víctima de los injurias habituales: “cabrona, hija de puta, esmayá”.  

Mi empatía por ella reside en nuestro amor compartido por los gatos y mi agradecimiento implícito por ser una de las santas patronas alimentarias de los felinos sanjuaneros. Por varios años compartió esta tarea con Doña Lydia, estimadísima y distinguida residente sanjuanera, icónica en el vecindario por su amparo gatuno, al igual que por sus categóricas creencias católicas y estadistas. Me cuenta La Negri que Doña Lydia, con quien tenía en realidad una relación de amor-odio, reflejo, entre otras cosas, del desbalance social y vivencial entre ambas, le daba “entre 5 y 10 pesos semanales” para llevar a cabo las rondas de latitas de comida de gato. Tristemente, Doña Lydia falleció el año pasado a los 91 años y buena parte de los vecinos, incluyendo a la propia alcaldesa, Carmen Yulín, se dieron cita en la Iglesia San Francisco a decirle su último adiós. Sin embargo, no creo que la misma despedida le tocará a La Negri.  

Intentando dialogar con ella, nos dimos cita en más de una ocasión en las que irremediablemente me dejaba esperándola. Luego me volvía a tropezar con ella dando sus rondas regulares —“si me da algo para comprarme una receta que me caí anoche; algo para comer que no he comido nada en todo el día”, etc.— hasta que un día por fin me enseño dónde vivía y allí me impuse. Tras una puerta de hierro blanco en la calle Sol, entré a un mundo desconocido para la mayoría de los visitantes del Viejo San Juan: los caserones de las habitaciones de alquiler. Sin embargo, estos cuartos de alquiler fueron paisaje regular de la fisionomía del Viejo San Juan por la mayor parte del siglo 20 como residencia frecuente del proletariado y lumpenproletariado citadino, muchos de ellos los residentes de la “Calle Luna, calle Sol” que hiciera célebre Hector Lavoe.   

El cuarto que habita

El edificio de La Negri contiene 22 habitaciones que alojan a alguna que otra pareja, pero principalmente a hombres solos y ancianos abandonados. Hay un sólo baño maloliente para uso común, al igual que dos piletas externas para todo propósito de limpieza: lavado de manos, platos, ropa, etc. Un vecino privilegiado tiene una nevera ubicada en el pasillo, pero para su uso exclusivo, ya que no tiene cabida en las dimensiones del cuarto en el que habita. 

En este caserón reside La Negri desde hace 15 años, recibiendo, me indica, una aportación de Servicios Sociales de “$160.00 que cubre casi toda la renta mensual de $200.00”, pero que el resto lo tiene que cubrir con sus rondas. A menudo repite su temor de no completar la renta y que le “tranquen la puerta”. Anterior a esto vivió en el segundo piso de lo que ahora es el restaurant “fusión-latino”, Airenumo, en la calle Luna, y en el segundo piso de lo que ahora es el restaurant chino, Han Cream, en la Tanca. Al indagar porqué no solicita un arreglo de vivienda más estable, esquivamente, como la mayoría de sus respuestas e indicativo de alguien que ha pasado la mayor parte de su vida escapando, al acecho, me indica que no ha ido a hacer “la revisión” necesaria. 

El cuerpo en que habita

Noto sus piernas marcadamente hinchadas y sus manos lastimadas y no logro conocer las causas, excepto la explicación de repertorio con la que me indica que “se cayó recientemente”. No queda claro quiénes fueron sus padres —aunque sí que fueron oriundos de Corozal— ni quiénes fueron o son sus hermanos o sus hijos. Cree que tiene nueve hijos, “pero no está segura de cuántos quedan vivos, ya que nunca vienen a verla y hace tiempo que se embarcaron y no volvieron”. Lo que sí me garantiza es que tuvo un total de 12 embarazos y que el resto de los 9 fueron abortos.  

Repetidamente me indica que, “ni fuma, ni bebe, ni usa drogas”, y que todo el mundo la conoce por eso, a pesar de lo que las “malas lenguas” le puedan atribuir por su empleo durante varios años en el anterior Hotel Tetuán 313, en donde, me asegura, solo hacía la limpieza. Seguiré viendo a La Negri en sus rondas y continuaré estando convencida del lugar que le corresponde, no como personaje, sino como residente bona fide del Viejo San Juan. Sin embargo, me despido de ella con un dejo de tristeza ante la realidad muchas veces invisible y frágil del envejecido/a y del proceso de envejecer.

 


* Todas las imágenes han sido provistas por la autora y han sido capturadas por Chiara Gordon.


Notas:

[1] A pesar de que es una vecina reconocida en la zona del Viejo San Juan, el nombre de pila y el mote de la entrevistada han sido alterados para proteger su privacidad.


Lista de referencias:

Jason Powel y Azrini Wahidin (2006). Foucault and Aging. Nova Science Publishers, Inc.


 

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