Nuestro más acá


La visa más directa, aunque nunca solicitada, para caer en uno de los peores malentendidos de las múltiples identidades que se (nos) cruzan, es cuando una persona se declara atea.

Cuando se dice que alguien no es creyente, que no va a la iglesia, que no le teme al Todopoderoso, la reacción casi automática es preguntar si por lo menos creemos en Dios. Pues, no necesariamente. Aunque siempre haya un Dios regado por ahí, en cualquier parte, sea en un juramento a la bandera, en la moneda, en la expresión coloquial de a diario. No necesariamente cree todo el mundo.

El otro día, me topé pasando los canales con uno de los segmentos de Telenoticias sobre la práctica de la santería en Puerto Rico. Como alguien criada bajo estricto catolicismo, a pesar de mis propias interrogantes desde que tengo sentido de memoria, apenas sabía de estas religiones hasta que leí más sobre ellas a nivel cultural, ya para mis estudios de posgrado. Como alguien que —a pesar de haber sido bautizada como católica cuando aún no tenía uso de la palabra— no es una persona religiosa, sostengo que sí, que cada cual vaya con la creencia que le sea cónsona y le haga feliz. Eso sí, siempre y cuando no se la imponga a nadie más.

En el reportaje, se hablaba de la santería y de la necesidad de aceptación y respeto a las “otras” religiones, es decir, a las que no son cristianas. En principio, es cierto. Cada cual tiene el derecho de practicar la religión que le ayude como persona. Igualmente, cada cual tiene el derecho a no practicar ninguna religión si esto le resuena como lo más honesto. Todos tenemos el derecho a no tener necesariamente una religión, e incluso, si algo en alguna creencia o ritual pone la dignidad personal en detrimento, también hay derecho —y deber— de denunciar lo que resulte opresivo y/o invasivo.

Se ilustraba en el reportaje la “otredad” de la santería desde el punto de vista de “nosotros los cristianos” lo que de por sí implicaba jerarquías, exclusiones y malentendidos de los que quedan/quedamos fuera del nosotros y sus otros. Al incluir la perspectiva ateísta, el enfoque daba la impresión de que éste era el grupo intolerante por su razonable crítica al aspecto ritual, sobre todo cuando este aspecto puede implementarse para engañar o manipular a la gente.

Los otros de los otros religiosos, en este caso, son los arreligiosos, los ateos.

¿Es que “ellos, los católicos” en Puerto Rico (y otros lugares) no saben de la persecución que la oficialidad de su religión desató contra las “otras” prácticas rituales —santería, espiritismo, etc.— en el siglo XIX? ¿Es que se tiene que dar por sentado que el marco común ha de ser el encuadre católico o cristiano? ¿Es que es tanta la pérdida de la memoria histórica que no se entiende que la evangelización en Borikén fue un acto de conquista? No todo el mundo es creyente. No todo el que es creyente es tolerante. No todo el que sigue una religión —o lidera una— lo hace genuinamente por el bien común. Y por supuesto, hay religiosos de mucha compasión y servicio al prójimo, como hay no religiosos que colaboran por el bien común.

Gracias, pues, a lo que queramos, muchos tenemos memoria personal, colectiva, histórica. ¿Se logrará una mayor aceptación y respeto del ateísmo? La visibilidad es importante[1], como lo es la clarificación de malentendidos.

Entre las muchas conversaciones sociológicas que hay que entablar en nuestro más acá, está la del impacto cultural de la religión en los intercambios económicos, vitales, diarios entre las personas, es decir, entre los miembros de la sociedad, de diversos géneros y orientaciones[2].

Algo que exige reflexión es el hecho de que la espiritualidad y la religiosidad no significan lo mismo y que ni tan siquiera se implican inherentemente. Decir que para ser espiritual hay que ser religioso es casi como decir que solamente hay sexualidad si hay matrimonio. Quien así lo crea bien tiene un ejemplo de identidades no solamente entrecruzadas sino además atravesadas dentro de un falso encuadre.  Y es por ese encuadre que se hace difícil a veces declarar ateísmo. Como presentara Unamuno en su poema: “Oración del ateo”, la gran problemática teísta en relación al personaje de Dios: “…es muy angosta/la realidad por mucho que se expande/para abarcarte…”[3].

El ateísmo es no reconocer a esa figura creada a la imagen y semejanza de todo lo peor de la condición humana: la crueldad y la prepotencia que trata de disimular una inmadura mezquindad. A ese Dios se le podría llamar una figura patriarcal, pero en el mundo de las religiosas dicotomías, cualquiera lo sustituye por una matriarca/matrona que puede ser igual o peor de opresiva. Y es que precisamente, parte del impacto sociocultural de muchas religiones es reducir la persona a lo biológico y a lo genérico, con roles muy rígidos y sin poder salir del encuadre impuesto. Porque, en definitiva, no se trata de quién tiene los testículos o los ovarios, sino de quién tiene —más allá de su sexo biológico— lo que poéticamente llamamos mente y corazón para alentar lo positivo que nos une como humanos.

Como persona arreligiosa y de miras ateístas, no me cabe duda. Se puede tener una espiritualidad —e incluso ser una “buena persona”— y ser atea. Y en nuestro más acá, ser “buena persona” por lo regular requiere ser algo de hereje.

 


Notas:

[1] La organización que fue entrevistada en el reportaje, Ateístas de Puerto Rico, tiene su página de Facebook: <https://www.facebook.com/pages/Ate%C3%ADstas-de-Puerto-Rico/867713936596871?fref=nf>.

[2] Lectura recomendada: La religión como problema social en Puerto Rico, por Nelson Varas-Díaz (Terranova 2012).

[3] http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/esp/unamuno/la_oracion_del_ateo.htm.


Lista de imágenes:

1) Clayburn Griffin, Google Knows More Than God, 2013.
2) Daniel Burke, ¿Se puede suspender la creencia durante un año?, 2014. 
3) Christian Dechery, O ateísmo como modinha da internet, 2013. 
4) David Hayward, Believers or Non-Believers, 2012. 


 

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