La 'Mujer Nueva' y el surgimiento de un patriarcado socialista (1959-1975)


 

Gloria Alonso, nacida unos años antes del triunfo de la revolución socialista en Cuba[1], se crió en la municipalidad de Estrada Palma, un pequeño pueblo cercano a la Sierra Maestra. La vida en Estrada Palma, al igual que en muchos otros pueblos en el oriente cubano, giraba en torno a la central azucarera. Su padre, el cual trabajaba para la central, constituía la principal fuente de sustento familiar mientras que la madre se encargaba de los quehaceres del hogar y del cuidado de la familia. Gloria aún recuerda con claridad las visitas a fines de mes a la tienda de la central en donde su padre, con su exiguo salario, costeaba las necesidades básicas que satisfacían las necesidades familiares. La pequeña cantidad sobrante desaparecía rápidamente luego de saldar el alquiler. Aunque las posibilidades del padre de Gloria de satisfacer las necesidades económicas de la familia se veían limitadas por el empleo temporal al que estaban sometidos muchos trabajadores agrícolas de las centrales azucareras, este ocupaba una posición de poder dentro de la estructura jerárquica familiar. Así mismo se relegaba el trabajo y la aportación que la madre devengaba lavando y planchando para familias pudientes, como una mera ayuda a la economía familiar[2].

Las divisiones jerárquicas de la familia de Gloria eran compartidas por otros núcleos familiares en las provincias azucareras durante la década de los cincuenta en Cuba[3]. Estas historias no solo nos exponen a las paupérrimas condiciones de los trabajadores cubanos en la víspera de la revolución que triunfara en 1959, sino que también nos ofrecen una ventana hacia las dinámicas y jerarquías de género que se suscitaban antes del triunfo revolucionario. Una vez triunfó la revolución, estas dinámicas de género se verán impugnadas por una agenda de igualdad social, tanto adentro como afuera del seno familiar. La configuración familiar, según nos relata Gloria, ubicaba al padre —en virtud de su calidad de proveedor principal— como la cabecilla del núcleo familiar. La madre, por otro lado, fungía en la capacidad de administradora del hogar, mientras que los hijos se responsabilizaban por mantener un ambiente de cooperación y armonía a través de su férrea obediencia y respeto a ambos padres. Además, de acuerdo con las normativas sociales de género, los hijos varones gozaban de mayor libertad para abrirse paso fuera del seno familiar, mientras que las hijas no debían abandonar el núcleo hasta contar con una prometedora propuesta de matrimonio[4].

A partir del triunfo revolucionario el estado intentó romper con ciertos parámetros patriarcales al proveerle a un gran número de mujeres entre las edades de quince a treinta y cinco años oportunidades de trabajo y estudio, principalmente en la Habana. Además de ofrecer un grado de libertad e independencia, la participación en programas educativos dirigidos por el estado facilitó la incorporación de miles de mujeres al proceso revolucionario. ¿Qué significaron estas oportunidades para las cubanas? ¿Cómo entendieron las mujeres su lugar dentro de la sociedad cubana luego del triunfo de la revolución? ¿Podremos encontrar una explicación a la conexión personal que muchas mujeres sintieron y sienten con el máximo líder de la revolución Fidel Castro Ruz?

A través del uso de fuentes orales, el presente trabajo busca examinar el desarrollo de un patriarcado socialista a partir del triunfo revolucionario en 1959[5]. El mismo argumenta que este patriarcado socialista se articuló tanto en las políticas de género de la revolución como en la percepción de las mujeres con respecto a su rol dentro del nuevo gobierno. De esta manera, el trabajo pretende escudriñar como el estado, anclado en una ideología patriarcal prerevolucionaria, fue exitoso en obtener el apoyo y la participación de la mujer cubana en la revolución. La participación de las mujeres en la revolución cubana ha motivado a muchos investigadores a estudiar el impacto de la revolución en la vida de la mujer cubana y viceversa[6]. El interés era de esperarse. Las oportunidades de desarrollo que el gobierno revolucionario proveyó a una gran parte de la población femenina no tenían precedentes en el contexto latinoamericano. Sin duda alguna las ideas de equidad de género que profesaba la revolución tuvieron una gran acogida e impacto en movimientos y estudios feministas en toda América Latina. Estas pesquisas, en su mayoría llevadas a cabo desde una óptica feminista, revelaron no solo los logros del estado cubano en el establecimiento de una agenda social más equitativa, sino también lo indispensable que resultaba la colaboración de la mujer para lograr una rápida transformación social, especialmente durante la primera década de la revolución.

No obstante, para poder analizar el impacto de la revolución en la vida de las mujeres dentro del contexto cubano, resulta menester entender las expectativas y experiencias de aquellas que vivieron esa transición de gobierno. ¿Qué cambios se percibieron en la vida de aquellas mujeres que experimentaron la transición socialista? ¿Qué constituye para ellas la emancipación de la mujer? ¿Cómo les cambió la vida durante las primeras décadas de la revolución? ¿Cómo se vio afectada la jerarquía familiar? El uso de la historia oral resulta una de las formas más accesibles de encontrar respuestas a estas preguntas. Además, por medio de un análisis comparativo —a través de testimonios y entrevistas grabadas durante las primeras décadas de la revolución— podemos apreciar el desarrollo de ideologías de género en la isla durante el proceso revolucionario[7].

 

Hijas de Fidel 

La relación entre el comandante en jefe Fidel Castro y algunos sectores de la población femenina reconoce la existencia de un lazo personal entre aquellos cubanos que apoyaron a la revolución y el líder. Llamarle por su primer nombre, por ejemplo, y no por su apellido como se acostumbra llamar a los líderes políticos en mucho de los países de América Latina denota a simple vista, un nivel de cercanía y familiaridad con su persona. Este vínculo íntimo se alimentaba en las expresiones de orgullo y nivel de aprobación que Fidel profesaba en actos públicos hacia la abnegada participación de la mujer en las campañas del estado[8]. Por otro lado, y en una correlación inversa, el sentido de “deber” hacia el estado derivaba de la gratitud por las oportunidades y el mejoramiento de las condiciones materiales —educación, salud pública, vivienda, electrodomésticos— que aportaron de manera significativa a la calidad de vida de las mujeres.

Las oportunidades de desarrollo arriba mencionadas y puestas en prácticas por el estado significaron para muchas mujeres y hombres comprometidos un verdadero cambio hacia la liberación de las desigualdades de género. A diferencia de otras luchas feministas que nacieron fuera de los confines del estado, en el caso cubano la conformación de una equidad de género se percibe como parte de un proceso revolucionario, en el cual el estado, y su figura máxima Fidel Castro, jugaron un papel fundamentalmente transformador. Más allá de limitar el desarrollo de una agenda feminista, esta visión ubicó a las políticas de género dentro de un marco patriarcal, en el cual Fidel se constituía simbólicamente como el patriarca de la gran familia cubana[9]. La translación de una estructura familiar al imaginario social garantizaba el poder de Fidel como figura principal del proceso en el cual, dado a su naturaleza patriarcal, se le exigía lealtad de sus hijas, es decir, las mujeres comprometidas con la revolución. Estas, en cambio, podrían esperar un grado de protección, el cual les garantizaba que no carecerían de vivienda, víveres y medicina. No debe extrañarnos cómo Caridad Sosa, oriunda del barrio del Cerro —una de las zonas más empobrecidas de la Habana— me manifestó esa gratitud en numerosas ocasiones, a través de nuestra conversación: “¡Niña, desde que ese hombre llegó de la Sierra Maestra, todo lo que ha prometido lo cumplió!”. Cumplir con su agenda revolucionaria fue uno de los pilares de la revolución y clave para afianzar el afecto con el que varias mujeres se expresaban sobre el líder[10].

La lealtad de las mujeres hacia Fidel facilitó el que estas pudiesen ser parte de un discurso patriótico, en el cual su sacrificio, al menos a nivel simbólico, se utilizara como medida de su compromiso revolucionario. Además de los esfuerzos concretos por involucrar a las mujeres en todas las facetas de la revolución, Castro se desempeñó con gran destreza al invocar instancias en la historia cubana en donde la participación de la mujer jugó un rol central en el desarrollo de la nación[11]. Por su parte, las mujeres respondieron favorablemente a esta aparente continuidad histórica, en la cual la revolución figuraba como la etapa culminante en el proceso de consolidación nacional y donde su participación era análoga a la de las mambisas de las guerras de independencia[12].

El gobierno revolucionario intentó darle un sentido de continuidad histórica a la participación de las mujeres cubanas al integrarlas en una lucha que surgió con las guerras de independencia y cuyo propósito era liberar a Cuba del control económico, político y social de intereses extranjeros. En un reveladora discusión sobre historiografía cubana en la década de los sesenta, Kate Quinn ha afirmado que “la contradicción en el centro de la agenda histórica de la revolución se ubica entre el ímpetu de crear una nueva historia que refleje la ruptura del régimen con estructuras sociales, valores y normas y las narrativas de continuidad (la revolución como la consolidación de la historia) que están ancladas en un fondo de mitos históricos nacionalistas”[13]. Esta contradicción inherente a la construcción histórica revolucionaria, según nos argumenta Quinn, está muy presente en el discurso del estado, facilitando así el que las cubanas del siglo XX pudiesen emplear a las mujeres del siglo XIX como modelo, al imaginar su propio papel dentro de la revolución.

 

Maternidad Revolucionaria 

El uso de estas imágenes también venía acompañado de ciertos valores tradicionales, tales como la “maternidad social” que según Lynn Stoner se ha conceptualizado como una manifestación del patriotismo femenino[14]. La expectativa de que las mujeres deben “sacrificar” sus intereses personales por el bienestar del colectivo es una de las premisas básicas de la maternidad social. Tanto es así, que se esperaba que las mujeres se sintiesen realizadas a través de los logros de aquellos por cuyo bienestar ellas velaban —hijos, hermanos, esposos—. No obstante, al usar el tradicional discurso de abnegación maternal para asegurar el apoyo popular, el gobierno no solo le restó importancia al desarrollo de una agenda feminista, como Margaret Randall ha argumentado, sino que también reprodujo relaciones desiguales de poder, poniendo en peligro la esencia de una revolución social que buscaba romper con paradigmas ideológicos del pasado que perpetuaba a las mujeres en posiciones desventajosas y subordinadas[15]. De esta manera, la maternidad se tornó una acción revolucionaria, a través de la cual las mujeres expresaban su gratitud y lealtad hacia Fidel y el estado, por tomarlas en cuenta y ofrecerles nuevas oportunidades para contribuir con la revolución.

Mas allá de reproducir el concepto de maternidad social desarrollado por las primeras feministas cubanas del siglo XX, el discurso del gobierno enfatizó, aunque de forma indirecta, que la maternidad era uno de los elementos fundamentales en la formación del Hombre Nuevo[16]. Inextricablemente la facilidad con la cual muchas mujeres aceptaron la prioridad que el estado le atañía a la maternidad como principal función social de la mujer revela hasta qué grado esta noción estaba ya naturalizada dentro de la sociedad cubana[17].

Los problemas que surgieron durante las primeras décadas de la revolución giraban en torno al conflicto entre una ideología patriarcal que enfatizaba el rol de la maternidad como piedra angular de la identidad femenina y la ideología marxista que sugiere que la liberación femenina surge a partir de la participación de la mujer en el trabajo, como proletaria, y no como mujer. Según el testimonio de Marta, durante los primeros años de la revolución el estado le dio gran importancia a la maternidad. Sin embargo a medida que la participación de la mujer se hizo más evidente en la revolución, comenzaron a surgir cambios en el discurso de género. Por ejemplo, de acuerdo con las aseveraciones de algunas de las informantes, era menos probable que se juzgara negativamente a una mujer sin hijos, siempre y cuando esta estuviese dedicada de lleno a la revolución. Se puede inferir, según la lógica expresada por algunos de los testimonios, que “todas” las mujeres que no fuesen madres tendrían que hacer un esfuerzo doble por demostrar su compromiso con la revolución.

Más allá de reflejar la importancia de los niños para el proceso revolucionario, el valor que el estado le adjudicaba a la maternidad también reflejaba la adaptación de una mentalidad católica tradicional a un contexto socialista. Barbara Katz Rothman ha argumentado que “para mantener el patriarcado los hombres deben controlar la maternidad de las mujeres. Debido a que en un patriarcado se valora la relación del hombre con sus hijos varones, las mujeres se consideran una vulnerabilidad: para engendrar estos hijos varones el hombre debe pasar su semilla por el cuerpo de la mujer”[18]. A pesar de que el análisis de Katz surge de una sociedad capitalista, resulta fácil entrever un paralelismo de esta ideología patriarcal dentro de la revolución cubana, donde las mujeres se convirtieron en portadoras de la semilla de la revolución, en otras palabras, en las productoras de futuros ciudadanos del estado. De esta manera, los cuerpos reproductores de las mismas se convirtieron en lo que Katz ha descrito como “recursos societales”[19].

Además de profesar la importancia de la maternidad como un acto patriótico, el gobierno cubano también implementó medidas concretas, como la creación de hogares maternos que respondían a una larga trayectoria de demandas de movimientos femeninos, tanto en Cuba como a nivel mundial. El gobierno revolucionario canalizó algunas de estas demandas, como la facilitación de un espacio propicio a aquellas mujeres que viviesen lejos de un centro médico para que pudiesen contar con los cuidados prenatales necesarios. Se estima que previo al triunfo de la revolución cincuenta por ciento de las mujeres cubanas daban a luz en sus hogares, asistidas por parteras[20].

Para las mujeres pobres que residían en zonas rurales, era imperioso tener que trabajar dentro y fuera del hogar a través de su embarazo. Lázara Pérez, una pinareña de ochenta años que participó en todas las etapas de la revolución, recordaba conmovida la dificultad de su primer parto al principio de los años cincuenta. Como mujer pobre y negra sus posibilidades de avance económico eran limitadas. El padre de su hijo estaba casado con otra mujer y no sentía ni tenía la responsabilidad de ayudarla. Lázara tenía que ganarse la vida lavando y planchando ropa en el pequeño cuarto en donde vivía sola, para poder costear los alimentos básicos para subsistir. La falta de acceso a un médico, dada la distancia y carencia de recursos, hacía del parto una experiencia colmada de incertidumbre, donde su única fuente de apoyo provenía de su fe en Dios y la asistencia de una partera[21].

A pesar de que la maternidad ya ocupaba un lugar simbólico significativo antes de la revolución, el estado cubano nunca antes había desarrollado un plan similar al de los hogares maternos establecidos en 1960. Para mujeres como Lázara, quien tuvo su segundo hijo en un hogar materno, la experiencia de recibir cuidados y afecto durante su embarazo y la posibilidad de compartir esa experiencia con otras embarazadas les daba una sensación de control sobre sus vidas y las de sus hijos. Y en caso de no contar con el apoyo económico o moral del padre de sus hijos, el estado proveería los recursos necesarios para el nacimiento y cuidados del infante. Para Lázara y otras mujeres en su situación, el contar con estos recursos era prueba fehaciente de que Fidel Castro cumplía con sus promesas de proteger a mujeres y niños. Inclusive, dos años después que la legislación de seguridad social tomara efecto[22], se comenzó a darle prioridad al desarrollo de condiciones de trabajo adecuadas para las mujeres, bajo la premisa de que la maternidad era el rol principal de la mujer. Formados dentro de una ideología de género patriarcal, los miembros del gobierno revolucionario adaptaron estas premisas en la construcción de una sociedad socialista, en la cual incidía la vieja idea de que las mujeres necesitan de la protección del hombre o el estado, como fue el caso en la revolución cubana de 1959.

 

La Mujer Nueva: La supermujer 

Apesar de la inminente importancia que la maternidad ocupaba dentro de los roles que el estado cubano les asignaba a las mujeres, esta última era solo una de varias funciones adscritas a la Mujer Nueva en el desarrollo de la revolución. Además de su rol doméstico, la Mujer Nueva debía llenar una serie de expectativas que incluían su incorporación en el mundo laboral como trabajadora asalariada, su participación en trabajo voluntario y su disposición a recibir algún tipo de educación formal. Para muchas, estas expectativas resultaban alentadoras y limitantes a la misma vez. Por un lado, la oportunidad de educarse y alcanzar metas profesionales inimaginables, sin perder su rol central dentro del hogar, resultaba emocionante y liberador. No obstante, la expectativa de ser exitosa tanto en el ámbito público como en el privado podía tornarse abrumador y frustrante. Esta coyuntura entre las oportunidades que el gobierno les extendió a las mujeres y las luchas de las mismas por balancear sus múltiples roles pone en evidencia las consecuencias de no desarrollar políticas sociales que conciliaran sus vidas públicas con las privadas. De hecho, según la mayoría de las informantes, para finales de la década del sesenta muchas de las mujeres que sentían un grado de frustración por no tener el tiempo o la energía para desempeñarse en roles simultáneos decidieron reinstalarse en el hogar.

La responsabilidad de monitorear el rol que la mujer cubana ocuparía en la formación de una nueva sociedad durante los primeros años de la revolución[23] recaía principalmente sobre la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Entre sus múltiples responsabilidades revolucionarias, la FMC se encargaría de movilizar a las mujeres para la defensa y consolidación de la revolución. Sin embargo, la rapidez con la cual el gobierno actuó para consolidar todas las organizaciones de mujeres del periodo prerevolucionario, creando la FMC en 1960, obstaculizó la posibilidad de que grupos autónomos que apoyaron la revolución no extendieran sus reclamos y participación más allá de lo establecido por la organización. Como consecuencia y a medida que la FMC se fue burocratizando, se fue reduciendo el espacio para que las mujeres pudiesen desarrollar una agenda propia donde establecieran los términos de sus luchas. Tal como la socióloga Julie Shayne ha establecido: “La revolución proveyó un foro en el cual se podía desafiar las normas de género durante la insurrección, pero ese espacio fue rápidamente retirado, a veces de manera sutil, luego de 1959”[24].

Es así como la FMC pudo, desde un principio, llevar las riendas de la participación femenina en la revolución a través de la amalgama de campañas que les ofrecían a las mujeres, una forma tangible de contribuir al nuevo estado. A su vez, esta movilización masiva de mujeres ayudaba a darle validez al lema de que la activa contribución de las mujeres a la nueva sociedad constituía “una revolución dentro de la revolución.” La imagen de la Mujer Nueva diseminada por la FMC, a través de sus programas y políticas, estableció expectativas casi inalcanzables y contradictorias para estas revolucionarias quienes, según afirmaba la presidenta de la federación, Vilma Espín, se esperaban que fueran “femeninas en vez de feministas”[25].

El tema de la liberación de las mujeres surgió reiteradamente en todas las entrevistas. Caridad Sosa, quien provenía de una familia pobre de trabajadores, confiesa haberse sentido grandiosa y famosa como obrera de una planta industrial, debido a que la tomaban en cuenta para cada decisión y esto la hacía sentir necesitada e indispensable. Caridad también se sentía afortunada de tener un esposo que entendía el desgaste físico que su trabajo le causaba. Como su día laboral terminaba antes que el de Caridad, él llegaba a la casa, alimentaba, bañaba y acostaba a los niños para que ella pudiese relajarse cuando llegara del trabajo. Al igual que Caridad, Claudia Pérez comenta sobre su experiencia como mujer durante esa época: “Mientras yo trabajé era del carajo porque yo tenía que trabajar… no sé… diez horas, y luego llegaba a casa. Y dice él [esposo] que él hacía los mandados… Yo ni le discuto ya, pero no es cierto… Yo tenía trabajo doble. Y gracias a Dios que no tuvimos hijos porque si no ya hubiese explotado”[26]. No obstante, para mediados de los setenta, el balancear la doble carga del hogar y el trabajo hizo que el entusiasmo se fuese desvaneciendo, llevándola a concluir que el machismo de la época colonial era preferible, ya que difería del machismo de hoy en día en el cual las mujeres tenían que cargar con todas las responsabilidades: trabajo, estudio, hogar, hijos[27]. En mis interacciones con estas mujeres se hizo evidente que entre las mismas existía una lucha constante entre la glorificación de sus habilidades de supermujer y una incómoda sensación de injusticia por tener que hacerlo todo. 

 

Conclusión

Las mujeres cuyas perspectivas examino en este ensayo nos ofrecen una ventana hacia el complejo proceso de definir lo que es ser mujer dentro de una sociedad que atravesaba una profunda transformación socio-política. Para entender este proceso resulta fundamental reconocer la existencia de unas contradicciones intrínsecas en el discurso de género revolucionario, que saboteaban la posibilidad de alcanzar el tipo de sociedad equitativa que el gobierno se proponía. Sin embargo, más importante aún es comprender el por qué hubo muchas mujeres que, a pesar de estar conscientes de la sobrecarga de responsabilidades que la nueva sociedad les adjudicaba, continuaban sintiendo una fuerte conexión con la revolución y su líder Fidel Castro. Parte de la respuesta radica en la facilidad de muchas mujeres de identificarse con un estado cuya retórica congeniara con una configuración patriarcal. Al no cuestionar su rol en el ámbito doméstico y simultáneamente ofrecerles nuevas vías para desarrollo profesional, la revolución implicaba que la mujer debía de ser capaz de tener éxito en ambos campos. Esto conllevó a que muchas se sintieran fuertes y dignas de reconocimiento nacional. Sin embargo, a medida que la imposibilidad de alcanzar el ideal de Nueva Mujer se hacía cada vez más palpable, muchas comenzaron a perder el ímpetu que tanto las había motivado en los primeros años de la revolución. Por su parte, y en un intento por lidiar con estos problemas, el estado desarrolló el código familiar de 1976 con el fin de institucionalizar la equidad en las responsabilidades del hogar. El mismo respondió a un proceso político maduro y en respuesta a las incongruencias que se suscitaron en las políticas que buscaban establecer una equidad de género. El contexto en el cual se implementó este tipo de legislación no solo señala que las supermujeres de la revolución habían entrado en peligro de extinción, sino que también nos demuestra cómo, en un intento por modificar el rol tradicional del hombre, el discurso revolucionario se valió de unas normativas de género harto tradicionales y de gran raigambre en la cultura cubana.

 


Notas:

[1] Este ensayo constituye solamente una fracción de mi investigación de tesis doctoral, en la cual examino de forma más compresiva la configuración de identidades.

[2] Entrevista con Gloria Alonso, Habana, febrero 2006. El nombre de todos los informantes ha sido sustituido por un seudónimo para proteger su privacidad.

[3] En el trayecto de llevar a cabo mi investigación de campo, conversé con varias mujeres oriundas de las provincias azucareras que vivieron una realidad similar a la de la señora Alonso. Para un análisis más detallado sobre el impacto socio-económico que el empleo en las centrales tuvo en la calidad de vida de los cubanos, véase Marifeli Pérez-Stable, The Cuban Revolution: Origins, Course, and Legacy, 2nd ed. (New York: Oxford University Press, 1999).

[4] Esta mentalidad estaba anclada en nociones católicas de honor y castidad del siglo XIX, donde la interacción entre raza y clase jugaban un papel fundamental en delinear los confines del matrimonio y todo tipo de relación sexual. Para un detallado análisis de estas relaciones, véase Verena Martinez-Aliers, Marriage, Class and Colour in Nineteenth-Century Cuba (Ann Arbor: The University of Michigan Press, 1989).

[5] Entiendo como patriarcado socialista a un sistema socio-político bajo el cual el estado, personificado a través de características masculinas, pasa a ser el protector y proveedor principal de las mujeres. En este tipo de configuración, el estado articula las necesidades de las mujeres y los términos de su liberación.

[6] Véase Muriel Nazzari, "The 'Woman Question' In Cuba: An Analysis of Material Constraints on Its Solution", Signs 9, no. 2 (1983); Oscar Lewis, Ruth M. Lewis, and Susan M. Rigdon, Four Women: Living the Revolution: An Oral History of Contemporary Cuba (Urbana: London, 1977); Margaret Randall, Mujeres en la Revolución (Mexico,: Siglo Veintiuno Editores, 1972).

[7] Véase Johanna Moya Fábregas “The Reconfiguration of Gender Identities in the Cuban Revolution, 1953-1975” (Ph.D., Indiana University, Bloomington, 2009).

[8] El entusiasmo popular y sentido de colaboración durante las primeras décadas de la revolución eran temas recurrentes entre las conversaciones tanto formales como informales que tuve con varias mujeres cubanas.

[9] María José Zubieta, "Madre Patria/Madre Revolución: La maternidad en el discurso oficial de la revolución cubana y en tres cuentistas cubanas contemporáneas" (Ph.D., University of California, Los Angeles, 2002).

[10] Entrevista con Caridad Sosa, La Habana, abril 2006.

[11] A través de la revolución, Fidel Castro ha dejado muy claro en su retórica que tal si aquí ulizamos un discurso que la revolución es la culminación de una lucha por la independencia (tanto política como económica) que comenzó con las guerras de independencia a finales del siglo diecinueve y continuó durante la fallida revolución de 1930. Para un análisis más profundo del rol de la mujer en el desarrollo de la nación cubana véase K. Lynn Stoner, From the House to the Streets: The Cuban Woman's Movement for Legal Reform, 1898-1940 (Durham: Duke University Press, 1991).

[12] "Las mambisas" era como se les llamaba a las mujeres insurgentes que lucharon por la independencia de Cuba a través del siglo diecinueve. Para un análisis de cómo esta faceta de la historia influyó en la formación de una conciencia feminista en la isla, véase Teresa Prados-Torreira, Mambisas: Rebel Women in Nineteenth-Century Cuba (Gainesville: University Press of Florida, 2005).

[13] Kate Quinn, "Cuban Historiography in the 1960s: Revisionists, Revolutionaries and the Nationalist Past", Bulletin of Latin American Research 26, no. 3 (2007): 382. [Mi traducción].

[14] Esta noción asume el ser madre como una contribución fundamental de las mujeres hacia la sociedad que a través de la formación de los hijos hace a las mujeres responsables por la formación ética y moral del país. Véase Stoner, From the House to the Streets: The Cuban Woman's Movement for Legal Reform, 1898-1940.

[15] Margaret Randall, Gathering Rage: The Failure of Twentieth Century Revolutions to Develop a Feminist Agenda (New York: Monthly Review Press, 1992).

[16] Este argumento se encuentra desarrollado con mayor profundidad en el capítulo de mi tesis titulado “The ‘New Man’ that Women Helped Create: Negotiating Masculinity in the Cuban Revolution, 1959-1975”. Mediante un análisis del discurso del estado y su asimilación por parte de los testimoniantes, el capítulo se enfoca en cómo la participación de la mujer en la revolución indirectamente moldeó las identidades de género de los hombres cubanos. Para un análisis más específico sobre la articulación de la relación entre la maternidad y el Hombre Nuevo en los medios de comunicación, véase Marisela Fleites Lear, “Dentro de ‘la tierra del Hombre Nuevo’: La Federación de Mujeres y el discurso de la Nueva Mujer en la revista cubana Mujeres” (Ph.D., University of Washington, 2006), capítulo II.

[17] Esta visión está reflejada en los testimonios que recopilé en Cuba, en los cuales ninguno de los informantes —tanto hombres como mujeres— cuestionó el énfasis que el estado le adjudicaba a la maternidad. Sin embargo, esta falta de cuestionamiento no implica que los mismos no consideraran importante el desempeño de las mujeres como trabajadoras, profesionales y/o estudiantes. De hecho, entre las cosas más aclamadas de la revolución sobresalía la oportunidad que se les había brindado a las mujeres para desarrollarse en múltiples facetas. Esta visión también se puede apreciar en las entrevistas llevadas a cabo por aquellos estudiosos que viajaron a Cuba durante las décadas de los 60 y 70 a investigar los avances de la revolución en cuanto a la emancipación de la mujer. Véase Oscar Lewis, Four Women: Living the Revolution: An Oral History of Contemporary Cuba; Inger Holt-Seeland, Women of Cuba (Westport: L.Hill, 1982).

[18] Barbara Katz Rothman, "Beyond Mothers and Fathers: Ideology in a Patriarchal Society", in Mothering: Ideology, Experience, and Agency, ed. Grace Chang Evelyn Nakano Glenn, and Linda Rennie Forcey (New York: Routledge, 1994), 141.

[19] Ibid., 147.

[20] Ibid.

[21] Entrevista con Lázara Pérez, Pinar del Río, abril 2006.

[22] El 27 de marzo de 1963, la ley 1100 que generalizaba la seguridad social tomó efecto en Cuba. Entre las mejoras más significativas a esta ley se encontraban la extensión de beneficios a las mujeres que trabajasen tanto en el sector público como en el privado, doce semanas libres por maternidad, una hora libre dentro del centro de trabajo para lactar y cuidar a sus niños y acceso a cuidado médicos antes, durante y después del embarazo. Citado en Zubieta, "Madre Patria/Madre Revolución: La maternidad en el discurso oficial de la revolución cubana y en tres cuentistas cubanas contemporáneas", 23.

[23] Maxine Molyneux, "State, Gender, and Institutional Change: The Federación De Mujeres Cubanas," in Hidden Histories of Gender and the State in Latin America, ed. Elizabeth; Molyneux Dore, Maxine (Durham: Duke University Press, 2000), 294.

[24] Julie D. Shayne, The Revolution Question: Feminisms in El Salvador, Chile, and Cuba (New Brunswick, N.J.: Rutgers University Press, 2004), 110. [Mi traducción]

[25] Molyneux, "State, Gender, and Institutional Change: The Federación De Mujeres Cubanas," 298. Debe tenerse en cuenta que, desde una perspectiva socialista, tanto dentro como fuera de Cuba para mediados del siglo XX el feminismo se percibía como un fenómeno capitalista. Según estas críticas, el feminismo había surgido en un medio de mujeres de tendencias pequeño-burguesas, quienes se habían masculinizado en su afán por alcanzar una igualdad con los hombres en vez de luchar por un cambio social en calidad de compañeras.

[26] Entrevista con Claudia Pérez , La Habana, marzo 2006.

[27] Ibid.


 Lista de imágenes:

1. Galería La revolución cubana en imágenes.
2. EFE.
3. Korda, cedida por La Fábrica.
4. Web.
5. ODAH.
6. Web.
7. Cuba debate.
8. Cuba debate.


 

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