Petrita

 


“Petra Lucila… Piedra y luz como el diamante”.
—José de Diego


La investigación genealógica, como toda investigación, es un arduo proceso de búsqueda sin garantía de hallazgo alguno. Cuando, tras un día entero de minuciosa indagación, nos topamos con un nombre, tal vez de un tatarabuelo, o con la fecha de nacimiento o defunción de una tatarabuela, lo celebramos, incluso nos emocionamos. Pero, cuando se trata del descubrimiento de un documento enjundioso, como un testimonio o una anécdota fidedigna, nos dan deseos de descorchar una botella del mejor champán. Ese fue el caso cuando descubrí un texto de don Cayetano Coll y Toste, en el cual el ilustre puertorriqueño narra una anécdota sobre su gran amigo don José de Diego y Martínez. No, no estoy emparentado con el insigne poeta, pero resulta que su primera esposa, Petra Lucila de la Torre y Berríos, era hija de un primo hermano de mi bisabuelo Carlos Fremaint y Colón. El padre de Petra, el licenciado José Agustín de la Torre y Fremaint, era notario público en Arecibo cuando De Diego se sumó a su bufete en 1893.

Háganse de la idea de lo que representó descubrir la larga y jugosa nota que don Cayetano le dedicaba al desdichado matrimonio de De Diego y Petrita. La boda entre los dos jóvenes se había celebrado el 19 de marzo de 1892, el año antes de que el poeta se instalara en Arecibo. Dice Coll y Toste:

[De] Diego fue desgraciado en su primer matrimonio. No tuvo la seriedad espiritual que se necesita en la primavera del amor. Eran tiempos de amar con vehemencia; y Pepe [de] Diego amó mucho a lo Tenorio y Mejía. En el trágico desenlace de su primer matrimonio tuvo mucha culpa…[1]

Al parecer, el poeta era parrandero y mujeriego, por lo que solía trasnochar. Petrita se hartó de las correrías de su marido y una noche le advirtió que como no estuviera en casa antes de las doce: “Tan pronto dé el reloj de la plaza la última campanada, mando cerrar la puerta del zaguán, me acuesto y doy orden de que no se abra para ti”[2]. Cuando el poeta llegó a casa, por supuesto, bien pasada la medianoche, encontró la puerta cerrada. Se cansó de llamar y de tirar piedrecitas al balcón, así que terminó buscando a un carpintero que le abriera la puerta de su propia residencia. Enfurecido, subió las escaleras, despidió al servicio y supo incluso amenazar a su esposa con un revólver. Comenta Coll y Toste que “Petrita, de temple euskaro[3], le hizo frente, e indignada bajó las escaleras y fue a refugiarse a la casa de sus padres”[4].

Con la ayuda de sus suegros, De Diego logró ponerle algún parche a su relación matrimonial. Pero, como suele decirse "lo que mal comienza, mal acaba", poco después de la muerte del padre de Petrita, en marzo de 1896, se estableció en Arecibo el doctor Manuel Figueroa, “de fama también donjuanesca en París, hizo puntería a la mujer del abogado; y ella… facilitó hilo y ovillo al amante para que la arrancara del poder del Minotauro…”.[5]

Según relata Coll y Toste, Petrita le pidió permiso a su marido para ir a visitar a su madre y abuela en San Juan. Como la joven esposa había sabido disimular su descontento, De Diego no tuvo sospechas y no reparó en autorizar el viaje. Lo que no conocía el poeta eran los rumores de que su mujer huía en un vapor francés, acompañada del doctor Figueroa, rumbo a Centro América[6]. Ni decir hace falta que para De Diego no dar con su mujer en San Juan fue un duro golpe. Se propuso encontrar a la fugitiva para matarla, pero Coll y Toste lo contuvo, diciéndole:

Nada de eso, amigo mío, ¡lo que se sobran son mujeres en el mundo! Vaya a hablar con el señor Obispo, a ver de qué modo puede usted romper el nudo gordiano del matrimonio… '¡el buey suelto, bien se lame!'...[7]

Nótese cómo, en la exhortación de Coll y Toste a De Diego, se implica que la mujer es un ser fungible, fácilmente sustituible: “…lo que se sobran son mujeres en el mundo”.

El 12 de junio de 1897, el Ilustrísimo Tribunal Eclesiástico Metropolitano de Santiago de Cuba declara la nulidad del matrimonio entre José de Diego y Petra de la Torre. A partir de ese momento, Petrita desaparece de la crónica del poeta. Los versos que le había dedicado De Diego a su primera esposa eran, a juicio de Coll y Toste, superiores a los consagrados a Laura, su primera y bien conocida musa. Sin embargo, aquellos versos, dedicados a “Petra Lucila… Piedra y luz como el diamante” quedaron excluidos de su poemario Pomarrosas. Comenta Coll y Toste: “Yo los conservo, pegados en mi álbum de tristes recuerdos”[8].

Trece años más tarde, de acuerdo con el censo de 1910, Petra de la Torre y Berríos, de treinta y seis años de edad, vivía en la carretera central de San Juan a Ponce, en el Barrio Hato Rey. La acompañan solamente tres criados. El 5 de abril de 1940, fallece Petra a la edad de 60 años, a consecuencia de una pulmonía lobular terminal. Su hermana Mercedes, informante del deceso, indica que era la viuda de José de Diego.

¿Habrá huido Petra verdaderamente con el doctor Figueroa? Si así fue, ¿habrá descubierto muy pronto que había sustituido a un amante a lo Tenorio y Mejía por otro don Juan de costumbres parisinas? ¿Cómo se condujo la demanda de anulación matrimonial instada por De Diego?

Según el testimonio de Coll y Toste, el único causal admitido por la Iglesia en aquel momento era que nunca se hubiese consumado el matrimonio. Coll y Toste sirvió de testigo médico en el caso para demostrar que Petrita estaba “como su madre la parió”. “Baste decir”, añade, “que se probó 'muy bien' en el tribunal eclesiástico, que la niña se había desarrollado mal y no era núbil cuando se casó con Pepe [de] Diego y que el himeneo no se efectuó”[9]. Valga añadir que las bastardillas de la frase adverbial “muy bien” son del propio Coll y Toste. ¿Se trata de una guiñada irónica? Si Petrita andaba por la América Central con su amante, ¿cómo pudo comprobarse que permanecía “como su madre la parió”? ¿Habrá regresado Petrita de su aventura con el doctor Figueroa a tiempo para someterse a examen médico? Y si el resultado de tal examen es el que dice Coll y Toste, ¿de qué tipo de aventura se había tratado? ¿Habrá objetado Petrita al eficaz manejo de su vida y de su cuerpo a manos de poetas, médicos, letrados y clérigos? ¿Habrán caído sus objeciones en oídos sordos, de manera que solo le quedara como protesta insistir, hasta el día de su muerte, en que era la viuda de don José de Diego?... ¿Quién sabe?

Durante mi más reciente viaje a Puerto Rico, se me antojó visitar el viejo Cementerio de San Juan, adosado a las centenarias murallas de nuestra ciudad capital. Me acompañaba René, mi hijo menor. Al confirmar con el encargado que no existe registro alguno que facilite la búsqueda entre las tumbas y mausoleos, le propuse a René que nos dividiéramos la parte más antigua del cementerio para ver qué lográbamos encontrar. “¿Qué nombres buscas?”, me preguntó mi hijo. “Pues, vamos a ver si hay alguna tumba con los apellidos Vizcarrondo, De la Torre o Fremaint”, le contesté. Así procedimos hasta que bastante pronto fui yo quien me topé con la tumba de don José Agustín de la Torre y Fremaint, a quien acompañaba su mujer, Petra Berríos y Carrasquillo. “¡Ven acá, corre, René; mira lo que encontré!”. La tumba contigua la compartían nada menos que Petra Lucila, su hermana Mercedes y su tía Ana María de la Torre Fremaint, una de las narradoras de mi novela Huellas de papel[10].

Cabe aquí comentar que siento fascinación por los cementerios históricos. Los leo como testimonios elocuentes de tiempos ya remotos. Las efigies religiosas, las inscripciones, el abandono de un sepulcro frente al cuidado meticuloso de otro, la flor plástica desvanecida, aquella que pretendía rectificar la fugacidad de la rosa verdadera, todo me conmueve. Paso los dedos lentamente sobre la inscripción desgastada del sepulcro de Petrita: “Petra Lucila de la Torre y Berríos, Marzo 2 1874 – Abril 5 1940”. Levanto los ojos y me topo con la mirada adusta de don José de Diego y Martínez, cuyo busto marmóreo, a solo pasos de la tumba de Petrita, vela todavía hoy el eterno descanso de su abjurada musa.


Notas:

[1] “Puertorriqueños ilustres: José de Diego”, Boletín Histórico de Puerto Rico. Vol. 13. 1926: 75. 
[2] Ibid. p. 75.
[3] El abuelo de Petra, Mateo de Latorre, era originario del Valle de Carranza en el País Vasco.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Ibid. p. 78.
[7] Ibid.
[8] Ibid. p. 75.
[9] Ibid. p. 78.
[10] Sandín, Pedro. Huellas de Papel. Raleigh, NC: Lulu, 2015. Impreso.


Lista de imágenes:

1-3. Fotos provistas por el autor
4. Enciclopedia de Puerto Rico

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