Imaginarios coloniales: soberanía compartida y el complejo industrial en Puerto Rico


Introducción

Como es de conocimiento general para la mayoría de los puertorriqueños, el presidente del Partido Popular Democrático, David Bernier, realizó unos cambios a la imagen insignia de la colectividad, lo que se entiende como un intento de presentarse como sujeto que irradia renovación y radical distanciamiento de la figura del gobernador saliente Alejandro García Padilla. A simple vista, el cambio de imagen funciona para ahondar en la metáfora del paciente enfermo que prefiere una cirugía cosmética antes de operarse; sin embargo, urjo trascender este cliché, porque el paciente anímico es la patria y la repercusión inmediata es el futuro ya sobrecomprometido de las futuras generaciones. Además no hace justicia a la profundidad de la crisis ideológica del Partido Popular Democrático. Para ello, hay que abordar temporal y conceptualmente las funcionalidades y las disfuncionalidades de carácter imaginario y operativo de su modelo político y económico.

El discurso de poder es un artefacto sociocultural que solamente adquiere materialidad en la medida en que el modelo económico se lo permita. El resultado del caso de Commonwealth of Puerto Rico vs. Sánchez Valle, el establecimiento antidemocrático de la Junta de Control Fiscal y el desplome del complejo industrial del proyecto Manos a la Obra y sus secuelas no solo apuntan a un colapso estructural y material, sino que generan un “shock” existencial para aquellos que consumieron la ideología del Estado-muñocista. Por lo cual, resulta importante mantener abierto el debate sobre: ¿qué fue realmente el Estado Libre Asociado?

Apuntes sobre la construcción del Estado-colonial

El modelo económico colonial en Puerto Rico responde al realineamiento operativo de los imperios internacionales, que desde antes de la Guerra Fría (1945) revisaban constante y preventivamente su política exterior dentro del marco discursivo y accional de la seguridad nacional. Esta temática obliga a retomar la obra Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico, porque sus ensayos presentan la dinámica del poder detrás del trono durante la configuración del Estado-colonial y la instauración de su modelo económico.

Entre la colección de ensayos que componen el texto, se encuentra el de Mayra Rosario Urrutia[1], en el que se analiza el conjunto de fuerzas políticas que construyeron la modernidad puertorriqueña. Según la autora, a partir de 1950 “…Puerto Rico participó activamente en el programa de asistencia técnica a países en vías de desarrollo que formó parte de la política exterior norteamericana bajo la presidencia de Harry S. Truman”[2]. Este proyecto, denominado como el Punto IV, operaba a partir de una idea de reciprocidad entre zonas desarrolladas y subdesarrolladas a través de la inversión de “…recursos financieros, humanos y tecnológicos… [a] los países en vías de desarrollo, [lo que] promovería en estos últimos el crecimiento económico y la consecuente modernización de las sociedades receptoras…”[3]. La entrada de Puerto Rico al escenario de las tesis económicas de la posguerra, ya estaba contemplada por los Estados Unidos, y la función del PPD, en este contexto, sería la de ofrecer un interlocutor nativo que consintiera la dominación, a cambio de su inserción efectiva en los procesos de modernización previamente delineados.

La elite colonial se integró a las redes de dominación a través de una serie de organismos, como la Comisión Anglo-Americana del Caribe (CAAC), organismo ideológicamente responsivo al discurso de la solidaridad hemisférica de la política del Buen Vecino[4]. Organismos como la CAAC (más adelante conocida como la Comisión del Caribe) otorgaba la idea ilusa a los países en vías de desarrollo de negociar desde una posición de fuerza, siempre y cuando “…no entraran en contradicción con sus intereses” hegemónicos[5]. También se suma a la evolución del proyecto económico colonial la figura de Rexford Tugwel, quien apoyaría el conjunto de reformas del PPD sobre los demás partidos y además contemplaba la “…industrialización desde antes de que… asumiera la gobernación”[6]. La eventual integración de Puerto Rico al Punto IV: “…tendría una estrecha relación con la aprobación del proyecto de Constitución y las presiones por la descolonización de que era objeto los Estados Unidos”[7]. De hecho, Urrutia comprueba la integración conversacional de ambos temas (Punto IV y la Constitución) a través de las siguientes expresiones:

Puerto Rico, una de las colonias políticas norteamericanas, no recibiría, pues, el beneficio directo del Punto IV… La América y el mundo entero verán en Puerto Rico un pueblo en marcha… consiente de que su esclavitud política reside en un nuevo estatuto jurídico que ya es hora de que desaparezca para dar paso a un documento constitucional…[8].

Esto apuntaba a una colaboración indirecta, ya que en “…mayo de 1950, antes de ser aprobado el Punto IV en [los] Estados Unidos, se inició el Programa de Cooperación Técnica, bajo la Juntas de Planes, presidida por Rafael Picó”[9]. Este último, más allá de ser uno de los principales asesores de Luis Muñoz Marín, logró, desde la Comisión del Caribe, una serie de “…nexos diplomáticos en América Latina, en Estados Unidos y en el Departamento de Estado, que serían vitales para promover el futuro del Punto IV”[10]. La totalidad de todos estos esfuerzos cumplía un doble propósito, la desvinculación del caso de Puerto Rico del tema colonial y la presentación del país como un modelo de exportación para el resto de América Latina y demás espacios asediados por el subdesarrollo.

La elite del PPD se convirtió en el interlocutor latinoamericano de las políticas estadounidenses en la región, incluyendo la defensa férrea de la permisibilidad de gobierno otorgado por los Estados Unidos bajo el Estado Libre Asociado. Una actitud compartida por sujetos imperiales y coloniales, dentro del contexto de las discusiones previas a la exclusión de Puerto Rico de las listas de territorios coloniales ante las Naciones Unidas (1953). En una carta redactada por Luis Muñoz Marín al Secretario del Interior, el 17 de enero de ese mismo año, se muestra un nivel de urgencia por el reconocimiento internacional del ELA:

The Commonwealth of Puerto Rico was created by a compact between the Government of the United States and the people of Puerto Rico. It was not constituted as the result of the exercise by the Congress of its power under the territory clause of the Constitution of the United States, or of its sovereign rights… the Commonwealth and its origin, depend not on the unilateral power of the Congress, but upon the bilateral will of the people of Puerto Rico and the Government of the United States. The people of Puerto Rico is a believer that in cooperation and unity with the Government of the United States, they have crated apolitical entity… free from any vintage of colonialism.[11]

El gobierno de los Estados Unidos hábilmente logró la exclusión del Estado Libre Asociado de la lista de territorios coloniales; sin embargo, el tiempo dará la razón a quienes vieron en la constitución un ejercicio ajeno a la descolonización. No obstante, he llegado al entendimiento de que no se puede responsabilizar única y exclusivamente al PPD por todo lo acontecido, pues dentro del trámite y la mentalidad de lo político-colonial, tomaron la decisión que entendían como única opción para ascender sociopolíticamente y beneficiar periféricamente al país. Ahora bien, el gobierno de los Estados Unidos también es responsable, ya que fue el verdadero gestor del proceso político bajo discusión y en repetidas ocasiones reforzó la idea de que existía un “pacto” entre ambos países, bien sea a través de un apoyo directo o del silencio ensordecedor del imperialismo. Si bien el liderato del PPD mostró urgencia en la necesidad de excluir a Puerto Rico de la lista de territorios sin gobierno propio, será el Embajador de los Estados Unidos Henry Cabot Lodge quien presentará el 20 de marzo de 1953 toda la documentación necesaria al Secretario General de las Naciones Unidas para finalizar el proceso[12].

¿Desarrollo económico sostenido o crecimiento temporero centro-periférico?

Desde sus inicios, el Estado Libre Asociado construyó y normalizó una modernidad cosmética y frágil. Primeramente, porque el imaginario de la “soberanía compartida” no contrastaba con las limitaciones de su ordenamiento constitucional, y tampoco, con las verdaderas implicaciones de las relaciones desiguales del poder político y económico en Puerto Rico. Aún bajo la impresión del desarrollismo instituido bajo el proyecto Manos a la Obra, se reflejaba la dimensión volátil del modelo cada vez que los Estados Unidos cambiaba la infraestructura económica del país a su antojo. Este será el caso del cambio drástico entre el periodo de 1947 a 1960, fundamentado en “antros de explotación” de baja inversión de capital y salarios, y, en otra etapa, anclado sobre empresas de uso intensivo de capital con mano de obra diestra y semidiestra.

A pesar de la visibilidad de un crecimiento material incuestionable, los súbditos coloniales se condicionaron a los vaivenes de un mercado extranjero con plenos controles sobre la mayoría de sus variables económicas. De salida, perpetuaron la imposibilidad de desarrollar un capital nativo fuerte, como resultado de un modelo político que lo impedía o al menos lo limitaba a unos nichos, y que en esencia planteaba la dicotomía del crecimiento económico periférico, en medio de una dependencia estructural delineada por el poder metropolitano y sostenido por la necesidad existencial de superación y ascensión social del sujeto colonial.

Como ya mencionamos, el PPD no fue el autor exclusivo del proyecto económico que impulsó y cristalizó la comunidad imaginaria del autonomismo. Para explicar este proceso, resulta fundamental la obra del economista James L. Dietz, ya que cuestiona la idea del éxito rotundo bajo el desarrollismo instituido por el Estado-muñocista:

No tuvo como resultado más capital en manos puertorriqueñas, sino la sustitución del capital nativo por el estadounidense. Tampoco logró una estructura productiva y una base económica que permitiera a los puertorriqueños decidir sobre el estatus desde una posición de fuerza… Pero la Operación Manos Obra hacía difícil que los puertorriqueños mejoraran su nivel de vida por sus propios medios, pues puso control de ese proceso a las compañías estadounidenses cuyos intereses no necesariamente contrastaban con los de la mayoría de la isla.[13]

Por tanto, se debe entender que desde antes del endeudamiento corrupto-neoliberal de nuestra época, ya se encontraban las bases de un sistema que con poco podía desestabilizarse.

Sin embargo, es innegable que bajo el ELA se presenció un cierto nivel de crecimiento económico, gracias a la inversión de capital extranjero, el aliciente de la mano de obra barata y, en menor grado, las distintas leyes de incentivos industriales que promovían la isla como un atractivo empresarial. Por mencionar algunos indicadores, según el informe de la Junta de Planificación de 1980: “…de 1950 a 1960, el PBN (Producto Bruto Nacional) creció más del doble, con un promedio de crecimiento anual de un 8.3 por ciento...”, mientras que entre “…1960 y 1970, el crecimiento del PBN fue aún más espectacular, a una tasa promedio de 10.8 por ciento anual…”[14]. Igualmente, el ingreso PBN per cápita incrementó considerablemente “…de $342 en 1950 (había sido $154 en 1940) a $716 en 1960 y a $3,479 en 1980”[15]. La inversión bruta también fue un factor determinante, con un aumento de “…219 por ciento de 1950 a 1960 y 295 por ciento adicional entre 1960 y 1970”[16]. Según Dietz, esta “…proporción disminuyó durante los años setenta hasta que a principios de los ochenta alcanzó un nivel muy similar al prevaleciente a comienzos del programa de industrialización”[17].

El efecto positivo de esta ecuación económica sobre algunos sectores de la sociedad puertorriqueña no está en duda, pero si bien daba la impresión de un progreso material generalizado y permanente, por otro lado, planteaba la existencia de otros indicadores que apuntaban a todo lo contrario. Por ejemplo, el decaimiento notable del sector agrícola, a tal punto que las centrales azucareras (en su mayoría de dominio extranjero) presenciaron una reducción en 1952 de $117.5 millones a $90.5 millones en 1962 y más adelante a unos $41.1 millones en 1972[18]. Según el historiador Francisco S. Scarano, de 41 centrales azucareras en 1930 tan solo quedarían 15 cuatro décadas más tarde[19]. La producción de tabaco, que se estimaba en unos 10.6 millones en 1952, posteriormente llegaría a la insignificante cifra de $2.6 millones, tan solo unos veinte años más tarde[20]. Lo mismo sucedería con el café, con una reducción notable de $17.4 millones a $13.9 en 1972[21].

Ahora bien, al momento de abordar la caída de dicho sector, Dietz plantea que “…la agricultura, tal como estaba organizada, era incapaz de desempeñar un papel efectivo en mejorar el nivel de vida”[22]. Esto se debía a que las estructuras económicas y los resultados sociales de la producción apuntaban a formas primitivas de explotación laboral en todos los niveles, lo que hizo más fácil para el PPD justificar el proyecto industrializador y antagonizar la producción agrícola como sinónimo de retraso. A esto se junta la migración interna hacia los centros urbanos del país, lo cual acentuó una sobrecarga para el Estado en materia de asistencialismo, y dio un duro golpe a nuestra pobre y limitada, pero históricamente constatada, autosuficiencia rural, que bien podía ser manejada desde otra perspectiva, con una mayor preponderancia en la inversión de capital público y privado en proyectos de apoderamiento y autogestión. Esto evolucionará más adelante en la fosilización generacional de la dependencia y en la migración hacia los Estados Unidos, irónicamente impulsada por el gobierno bajo la supuesta premisa de sobrepoblación[23].

Todos estos procesos planteaban la necesidad del sistema de aliviar el mercado laboral isleño, para mercadear fácilmente en los círculos político-partidistas y ante la comunidad internacional el éxito de la “vitrina de la democracia”. La idea de todos los esfuerzos y recursos dedicados al sector industrial extranjero también presentó sus problemas, pues era inverosímil limitar la economía del país a un solo modelo, sin integrar un segundo plan que caminara paralelamente junto a este. La obra de Dietz, en efecto, cuestiona seriamente estos procesos, específicamente ante la inexistencia de una “industrialización sustitutiva” que contribuyera a la “…formación de un núcleo empresarial nativo y al cultivo de trabajadores industriales de las destrezas necesarias para la creciente producción capitalista”[24]. Este elemento resaltaba la mentalidad colonial de Fomento de “…creer erróneamente, que no era posible estimular la producción local de bienes en competencia con las empresas estadounidenses”[25]; además, criticaba enérgicamente la orientación del modelo industrial exclusivamente a partir de fuentes externas de financiamiento. Pues lógicamente desembocó en mayor dependencia, a tal punto que el “…90 por ciento de todos los fondos de inversión en el sector manufacturero durante la década de 1980 se obtuvo del exterior”[26].

Los científicos sociales debemos revisar la idea de que el proyecto industrial masificó el empleo y las ganancias del Estado, independientemente de los buenos salarios y beneficios a trabajadores especializados. La realidad es que para el 1982, época donde los “…productos químicos y productos relacionados representaron el 32.1 por ciento de la producción bruta de toda la industria", solamente se empleó un “…10.1 por ciento de la mano de obra en la manufactura…”[27]. Un indicativo de los pocos empleos generados fue “…la naturaleza del uso intensivo de inversión de capital de esta industria”[28]; mientras que otro factor interesante fue que para ese mismo año:

… la industria química devengó ingresos netos de $1.9 billones, equivalentes al 35.3 por ciento del ingreso neto generado en la manufactura y, de esa cantidad, $1.6 billones (o sea 84 por ciento) representaba lo que se podría denominar como ingreso capitalista.[29]

Que no es otra cosa que la riqueza destinada a los “…propietarios y acreedores de estas firmas por concepto de ganancias, intereses y dividendos”[30].

En medio de toda esa riqueza generada, “…lo que se pagó a los empleados en jornales y salarios fue solo el 16 por ciento del ingreso neto de la industria química, y, de esta pequeña porción vino a ser lo único que Puerto Rico pudo retener, pues el ingreso capitalista fue en su mayoría repatriada a los Estados Unidos”[31]. Esto sin contar que las industrias “eje” producto de la actividad económica industrial periférica, tampoco arrojó los números que pretendía alcanzar la Compañía de Fomento. Basándonos en el trabajo de Dietz, las industrias establecidas en Puerto Rico ya se encontraban integradas a “…redes complejas de abastecimiento y distribución en los Estados Unidos y en otros países”[32]. Se trató de crear incentivos para integrar las fuerzas productivas del país a esta ecuación, considerablemente, pero el resultado estuvo por debajo de las iniciativas deseadas.

Conclusión

El manejo de estos autores se ampara en un acercamiento alterno al romanticismo de la superficialidad de un territorio, que nunca ha ostentado la soberanía política para reglamentar ninguna de sus variables económicas. Esta breve síntesis sobre algunas de las características contraproducentes del modelo industrial, se trabaja dentro del contexto de los años de mayor inversión de capital extranjero. Hoy día, los esqueletos de este modelo ejemplifican la realidad de un crecimiento periférico temporero, sujeto a la demanda del mercado foráneo en aquel momento y a la realidad de una economía apéndice de su metrópoli. La pelea entre rojos y azules por la eliminación de la sección 939 y sus secuelas es un reduccionismo que denota nuestra mentalidad colonial ante la política de “abandono” por parte de los Estos Unidos y la realidad de que ese proyecto nunca fue de nuestra autoría. La deuda actual parte de un reconocimiento de la corrupción gubernamental de nuestra parte, pero también denota el fracaso de la exportación mecánica del liberalismo capitalista entre Estados débiles y fuertes, imponiendo el centro de poder, la unilateralidad del intercambio y, con ello, las normativas para su autopreservación. En la mayoría de estos casos, la periferia queda completamente desprotegida y sin poderes para restructurar su economía o, al menos, delinear una transición que mitigue los daños de tantos años de dependencia a un complejo industrial completamente desregularizado. Tanto en Puerto Rico como en el resto de América Latina, la conjunción de Estados sumisos a Washington, junto con la exportación del desarrollismo modernizador, ejemplificó el resultado endémico del juego entre potencias imperiales en medio del contexto de la Guerra Fría. El endeudamiento actual proyecta la negación a la ruptura con los Estados Unidos, pero todo miedo sucumbe ante el tiempo que nos ha tocado vivir y a lo impostergable de la libre determinación.


Notas:

[1] Urrutia, Rosario. “Detrás de la vitrina: Expectativas del Partido Popular Democrático y la política exterior norteamericana, 1942-1954”. En Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico, editado por Silvia Alvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1999.
[2] Ibid. pág. 147.
[3] Ibid., pág. 148.
[4] Ibid., pág. 152.
[5] Ibid., pág. 154.
[6] Ibid., pág. 181.
[7] Ibid., pág. 172.
[8] Idem.
[9] Ibíd., pág. 173.
[10] Idem.
[11] “Letter to the Secretary of the Interior from Luis Munoz Marin”. January 17, 1953, pág. 2-3
[12] Acosta, Ivonne. La Mordaza: Puerto Rico 1948-1957. Río Piedras: Editorial Edil, 1998, pág. 198.
[13] Dietz, James L. Historia económica de Puerto Rico. 3ra ed. Río Piedras: Ediciones Huracán, 2002, pág. 256.
[14] Ibid., pág. 263.
[15] Idem.
[16] Idem.
[17] Idem.
[18] Scarano, Francisco A. Puerto Rico: Cinco siglos de historia. 2da ed. México D.F.: McGraw-Hill / Interamericana Editores, 2008, pág.855.
[19] Idem.
[20] Idem.
[21] Idem.
[22] Dietz, James L. “La reinvención del subdesarrollo: Errores fundamentales del proyecto de industrialización”. En Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico, editado por Silvia Alvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1999, pág. 180.
[23] Scarano, Francisco A. Puerto Rico: Cinco siglos de historia. 2da ed. México D.F.: McGraw-Hill / Interamericana Editores, 2008, pág. 861.
[24]  Dietz, James L. “La reinvención del subdesarrollo: Errores fundamentales del proyecto de industrialización”. En Del nacionalismo al populismo: Cultura y política en Puerto Rico, editado por Silvia Alvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1999, pág. 187.
[25] Ibid., pág. 191.
[26] Idem.
[27] Dietz, James L. Historia económica de Puerto Rico. 3ra ed. Río Piedras: Ediciones Huracán, 2002, pág. 272.
[28] Idem.
[29] Idem.
[30] Idem.
[31] Idem.
[32] Ibid., pág. 273.


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2. Becausecapitalism.org
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