Estadios públicos, ganancias privadas

A Mariena Silvestry Ramos: Por tus detalles, siempre.

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No sería atrevido decir que una gran parte de la población puertorriqueña vive, eternamente, comparando el supuesto paraíso estadounidense con nuestro infierno borincano cotidiano. Esto se hace desde los asuntos más triviales, como las filas de los come y vete (“allá sí que te atienden rápido”), hasta los asuntos más medulares de nuestra política (“allá los candidatos siempre son tan civilizados unos con otros, no como acá”). Dentro de este contexto es que leo la reacción de Israel Roldán, el presidente saliente de la Federación de Béisbol de Puerto Rico (FBPR), a la idea de Luis Fortuño sobre una franquicia de grandes ligas en la Isla.

En una entrevista con Inter News Services, Roldán explicó que todo el país tendría que unirse para lograr que esta iniciativa tuviera éxito. Como parte de la entrevista, Roldán dijo que: “Las mejoras al estadio [Hiram Bithorn] solo las puede hacer el gobierno, porque distinto a los Estados Unidos, que son privados, aquí pertenecen al gobierno...” En un país como el nuestro, en el que todo lo que se asocia al gobierno tiene un connotación negativa, este comentario se puede interpretar igual a los que mencionaba al inicio: “allá sí que las cosas funcionan bien porque son privadas, acá no porque todo está en manos del gobierno”. Y aunque podría dedicarme exclusivamente a discutir la peligrosa idea de que la privatización es el camino económico correcto de un país, no es a eso que viene este artículo.

Dave Zirin, periodista deportivo de la revista estadounidense The Nation, escribió el libro Bad Sports: How Owners are Ruining the Games we Love (2010) en el que destruye el mito  que cita Roldán sobre cómo en Estados Unidos los estadios y los equipos de las ligas deportivas profesionales del país son producto exclusivo del capital privado. No solamente no son terreno único del capital privado, sino que en múltiples instancias, los empresarios chantajean y presionan a las ciudades para lograr que costeen remodelaciones y renovaciones más allá de la inversión gubernamental inicial. Dice Neil deMause, autor de Field of Schemes, a quien Zirin cita en su libro:

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“The history of the stadium game is the story of how, by slowly refining their blackmail skills, sport owners learned how to turn their industry from one based on selling tickets to one based on extracting public subsidies” (p.10). Los polémicos comentarios de Roldán me invitan a resumir algunos de los casos más importantes que discute Zirin en su libro para mostrarle al/la lector/a cómo es que debemos cuestionar estos supuestos dicotómicos a los que nos subscribimos a diario sin la más mínima atención crítica.

Uno de los primeros casos que recoge el periodista es el del fenecido dueño de los Yankees de Nueva York, George Steinbrenner. Según Zirin, Steinbrenner fue el que les enseñó a los demás dueños de equipos a chantajear y a presionar a los gobiernos municipales para obtener subsidios gubernamentales (p.46). Cuenta el autor que mientras Nueva York vivía una de sus peores crisis fiscales en la década de los 70, Steinbrenner consiguió que la administración le diera un subsidio de 160 millones de dólares (¡¡en los 70!!) para renovaciones (p.46).

De igual forma, en esta década pasada, Steinbrenner consiguió que el gobierno citadino le diera 850 millones de dólares para construir el nuevo estadio de los Yankees, cuyo costo total fue de 1,300 millones de dólares. Lo logró amenazando con llevarse a los Yankees para New Jersey y Connecticut (p. 45). En ambos casos, Steinbrenner le quitó dinero a Nueva York en momentos en que ésta tenía problemas más importantes que resolver. Por ejemplo, según Zirin, en los setentas la ciudad estaba al borde de la bancarrota y los proyectos de residencias públicas necesitaban ese financiamiento (p. 49). De igual forma, en el 2009, en medio de la recesión económica estadounidense, Steinbrenner pidió 380 millones adicionales para su nuevo estadio (p.54).

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Por otro lado, Zirin nos cuenta qué ocurre en los casos en los que las poblaciones se niegan a darles mantengo a las corporaciones millonarias. Clay Bennet y Aubrey McClendon, dos millonarios del estado de Oklahoma, decidieron comprar la franquicia de baloncesto profesional de Seattle, los Supersonics. Durante el periodo de negociación, Bennet y McClendon les aseguraron a los habitantes de Seattle y al dueño anterior de los Sonics que ellos no mudarían la franquicia de lugar (p.67).

No obstante, una de las primeras acciones que tomaron al comprar el equipo fue pedirle al gobierno citadino que les costeara renovaciones de 300 millones de dólares a su cancha, con la amenaza de que si no lo hacían tendrían que llevarse la franquicia para otro lugar (p.62).

No sería atrevido decir que una gran parte de la población puertorriqueña vive, eternamente, comparando el supuesto paraíso estadounidense con nuestro infierno borincano cotidiano. Esto se hace desde los asuntos más triviales, como las filas de los come y vete (“allá sí que te atienden rápido”), hasta los asuntos más medulares de nuestra política (“allá los candidatos siempre son tan civilizados unos con otros, no como acá”). Dentro de este contexto es que leo la reacción de Israel Roldán, el presidente saliente de la Federación de Béisbol de Puerto Rico (FBPR), a la idea de Luis Fortuño sobre una franquicia de grandes ligas en la Isla.

L@s votantes de Seattle, que ya sabían los costos asociados con los subsidios públicos de este tipo de proyecto porque lo habían vivido en la década de los 90, se opusieron férreamente a darles el dinero al dúo de millonarios (p.64). Bennet y McClendon, entonces, cumplieron su palabra y se llevaron la franquicia a Oklahoma City donde l@s votantes sí aprobaron un subsidio de 126 millones de dólares para renovaciones a la cancha existente (p.70). Así fue como el dúo millonario de Bennet y McClendon, como dos niños engreídos, empacaron sus cosas y dejaron a Seattle sin una franquicia que había sido parte de la cultra local desde 1967.

Es obvio que entregarles miles de millones de dólares en fondos públicos a estos empresarios es problemático por varias razones. Primordialmente, por lo que eso significa para las prioridades de una ciudad o pueblo. Algun@s apologistas de este tipo de inversión hablan sobre los empleos que se crean alrededor de una empresa como esta. No obstante, como bien dice el activista John Ryan, los empleos que se crean gracias a estos equipos son trabajos precarios, sin beneficios y con salarios miserables (citado en Zirin, p.10).

Pero, otro de los problemas que se suscitan con este tipo de transacción es que, mientras l@s contribuyentes son los que costean la mayoría de los estadios, son los empresarios los que se llaman, finalmente, dueños de estos y los que deciden qué se hace en ellos. Para ilustrar este caso, Zirin nos cuenta la historia de Charlie Monfort, el dueño de los Rockies de Colorado de las grandes ligas del béisbol estadounidense. Monfort, al igual que los otros negociantes que he mencionado anteriormente, convenció al gobierno de Denver, Colorado, a que le diera el 75% de los costos de su estadio (p. 76).

A todas luces, un proyecto como ese podría considerarse, al menos, un espacio semi-público. Sin embargo, así no es que funciona este tipo de capitalismo corporativo. En Coors Field, el estadio de los Rockies, quien manda es Monfort. Y Monfort utiliza su estadio para promover, abiertamente, su estilo especial de cristianismo. En el Coors Field se hacen “Noches de Fe” en las que se llevan organizaciones cristianas, predicadores cristianos y venden productos cristianos.

Igualmente, estas noches también se prestan para dar información sobre cómo convertirse en miembros del Partido Republicano de Estados Unidos (pp. 76-78). Y, finalmente, Monfort utiliza las ganancias que obtiene de su equipo y de su estadio para apoyar causas de la derecha cristiana del país (pp. 82-83). Está claro que, por una parte, esto contraviene el principio de la separación de la iglesia y el estado y, por otra, excluye también a todas las otras religiones que pudieran estar representadas en la ciudad de Denver.

Con estos ejemplos queda claro que las cosas en Estados Unidos no funcionan tan nítidamente como much@s de nosotr@s nos lo imaginamos. Sin embargo, me parece pertinente invitarles a que lean el libro completo. Bad Sports está lleno de historias verídicas sobre la avaricia y la miopía de ese grupo de millonarios que constantemente abogan por un capitalismo más salvaje para nosotros, pero que piden a gritos un estado benefactor para sus proyectos.

Dentro de esas páginas leerán cómo una de las prioridades más altas de Nueva Orleáns luego del huracán Katrina, fue invertir 94 millones de dólares de FEMA en la re-construcción del Superdome (p.12); cómo Washington D.C. terminó pagando casi 1,000 millones de dólares por un estadio cuando no había renovado su sistema de metro desde los 70 y esto terminó causando accidentes con decenas de heridos (p.22); y cómo la franquicia de béisbol de Baltimore genera  tres millones de dólares anuales para la ciudad pero le cuesta catorce millones anuales (p. 104).

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En fin, son las páginas que cuentan el business as usual de los capitalistas estadounidenses y cómo eso les afecta (negativamente) a las poblaciones de sus respectivos lugares. En el contexto en el que vivimos en Puerto Rico, en medio de un gobierno dedicado a darles cada vez más beneficios a los conglomerados privados, este libro contiene lecciones que no debemos dejar de aprender.  

Lista de imágenes:
1. Estadio Hiram Bithorn, San Juan, Puerto Rico.
2. Campo de entrenamiento de los Yankees en Tampa, George M. Streinbrenner Field.
3. Estadio de los Yankees de Nueva York.
4. El estadio KeyArena de Seattle en el último juego que tuvieron los Sonics allí.
5. Charlie Monfort. Foto por Doug Pensinger.
6. El Superdome de Nueva Orleans.