Hacia un activismo LGBT del siglo XXI

La ceguera del privilegio

Hace varios meses, durante la convención de la Asociación de Truman Scholars en Washington, DC, tuve la oportunidad de almorzar con compañero Truman Scholar, que era asesor en la organización LGBT más grande (en presupuesto por lo menos) de los Estados Unidos. En aquel momento, mientras conversamos largo rato sobre el estado actual del movimiento y de cuáles deben ser sus prioridades políticas, él me dice que “el matrimonio ya se acabó como tema. Ya se ha ganado para los efectos”.

En aquel momento, me asustaba que semejante persona dijera esto cuando no es el caso en más de treinta estados, sin contar a Puerto Rico. Yo le exhorté que se montara en un avión a Texas y le dijera esas misma palabras a los activistas locales, que yo le hacía los arreglos del velorio. Eran las palabras de alguien que había olvidado que la clase política Washingtoniana en la que nos movíamos no es representativa de la sociedad en general, y mucho menos del estado actual de la comunidad LGBT.

Sin embargo, esta actitud no es única dentro del movimiento. Muchas organizaciones LGBT locales que han logrado el derecho al matrimonio igualitario en sus estados se han encontrado cortas de fondos y en la ruina económica. Esto debido a donantes que entonces entienden que ya se acabó todo, ya se ganó la lucha por la igualdad y cierran sus chequeras.

Otras organizaciones se han quedado sin rumbo tras ganar su lucha por el matrimonio porque no se les ocurría más nada. Peor todavía, han habido otros grupos activistas que sinceramente nos les importa mucho más allá del matrimonio y derechos de parejas, ignorando a propósito temas como los derechos trans, el efecto del racismo sobre la comunidad LGBT, la alta cantidad de pobreza dentro de la comunidad, entre otros temas de urgencia.

En el proceso, uno de los grandes problemas que afecta enormemente la comunidad de activistas LGBT es en gran medida la ceguera del privilegio. Para poder acceder a los centros y pasillos de poder político y cabildear por los cambios a nuestro sistema legal de forma efectiva, hace falta el vestir, hablar y portarse de una forma específica –también hace falta una cierta sagacidad y experiencia en cómo manipular el sistema. Es por esto que una cantidad enorme de los activistas vamos a ser gente de clase media que han gozado un alto nivel de privilegio en sus vidas tanto educativo, como social (y en esto me incluyo).

Por lo tanto, la mayoría sino todos los que negocien en las altas esferas de poder no van a ser gente que haya sido expuesta a los problemas de pobreza que afligen a la comunidad LGBT debido al discrimen, al efecto añadido del racismo cuando es combinado con la homofobia y transfobia sobre las personas LGBT hispanas y negras. Es gente que no habrá sido expuesta al hecho de que el 40% de los menores de edad en Estados Unidos se identifican como LGBT, al discrimen enfrentado por inmigrantes LGBT, a la importancia del VIH o a la conexión de las políticas represivas de algunas fuerzas policiacas con la comunidad LGBT, particularmente la comunidad trans.

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El resultado de esto en muchos sectores activistas va a ser un falso sentido de seguridad y optimismo sobre cuánto ha prosperado la situación de la comunidad LGBT y una enajenación de estos problemas cuyo precio es pagado por lo más desfavorecidos de la comunidad para quienes todavía la situación no ha mejorado mucho del verano de Julio de 1969 cuando la policía de Nueva York hizo una redada en el Stonewall Inn.

El peligro de la radicalización y la ira

En el transcurso de mis viajes, labores y experiencias, también he tenido la oportunidad con encontrarme al otro lado de la moneda. A lo largo de encuentros, colaboraciones y conversaciones que he tenido como activista, han habido distintos momentos en los que se me ha cuestionado de parte de activistas a la izquierda de mí, la necesidad o más mínimo interés en el tema del matrimonio igualitario (uno al punto de hablar de los “príncipes gays que se quieren casar mientras los plebeyos gays duermen debajo de los puentes”). En una que otra circunstancia mi propio rol cómo activista ha sido cuestionado, siendo acusada de ser demasiado “heteronormativa” al ser una estudiante de derecho de clase media que desea casarse con su pareja y tener hijos.

Usualmente, soy acusada por gente que de alguna manera entiende que el cuestionar o cambiar el sistema social y político entero es un prerrequisito para el activismo queer. Aún más, he visto de parte de algunos compañeros el miedo a la “asimilación”, de que de alguna forma, estamos destruyendo la cultura queer asimilándola a lo heterosexual con el apoyo de medidas de oportunidad de empleo, acceso a puestos de gobierno, o el derecho al matrimonio.

Un error fundamental inicial que se comete al tomar esta postura es el ignorar la justicia social, quienes más necesitan derechos legales como el matrimonio o la adopción son precisamente las parejas pobres que no pueden gastar fortunas en abogados, y quienes más necesitan leyes anti discrimen no son los abogados cuyo resumés están lleno de honores y pueden escoger dónde y cómo hacer su vida, sino los que se están viendo entre vender su cuerpo o un trabajo digno y legítimo. A pesar de que éstos temas no son los únicos temas (por mucho) que el movimiento debe de trabajar, son medidas y temas esenciales a la prosperidad de la comunidad LGBT.

En cuanto al concepto de una “asimilación”, postulo que no se puede asimilar lo que no existe. A diferencia de una raza, una etnia o una nacionalidad, tanto la orientación sexual como la identidad de género son rasgos de nacimiento. No existe necesariamente una “cultura” a la que una persona LGBT va a nacer. Puede nacer con la misma facilidad en la favela o en la urbanización multimillonaria o en cualquier tipo de familia y grupo. A la misma vez que guardo mucha reverencia a los veteranos sobre cuyos hombros estamos, invito a la cautela de que no se le guarde nostalgia al tiempo en el cual los únicos espacios seguros eran en los bares ya caída la noche, ni a la subcultura queer que se desarrolló como resultado del discrimen y marginalización hacia los márgenes de la sociedad.

En ese mismo renglón, exhorto a cuestionar por qué se ven espacios y conceptos tradicionales como algo inherentemente heterosexual - parte de lo que debe genuinamente ser el objetivo de este movimiento es quitarle cualquier pre requisito de heterosexualidad a todas nuestras posiciones de privilegio, lo contrario es fallarle a la inclusividad. ¿Por qué una persona LGBT no puede aspirar a casarse y tener hijos? ¿Por qué hablamos de un espacio heterosexual los pasillos del Capitolio o de las grandes empresas y profesiones de prestigio?

¿Por qué no se pueden ocupar esos espacios? No son valores heterosexuales, ni de blancos, ni de hombres sino que son valores universales que deben ser accesibles a todos. En este sentido estoy en desacuerdo con el uso de “equidad” en vez de “igualdad” por muchos compañeros y amigos míos; no aspiramos a que se nos tolere, o a que meramente se nos haga justicia, queremos y debemos de aspirar a la igualdad como los seres humanos que somos, al final del día no muy distintos de cualquier otra persona.

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También exhorto al peligro de la radicalización excesiva del movimiento (como si cuestionar la homofobia, la transfobia y el sexismo patriarcal en un sólo intento no fuera suficientemente radical). La democracia liberal moderna es posiblemente la creación más importante y valiosa de la civilización humana moderna y es gracias a esta que hemos podido avanzar y tener todos los movimientos y avances de justicia social de los años. Nos hace falta ser muy pragmáticos y saber manipular el sistema político actual. El sistema político, legal y jurídico es una herramienta muy valiosa y esencial de cambio y justicia social que en ningún momento puede descartarse.

La propuesta: Un movimiento LGBT del siglo XXI

Entonces, ¿qué es lo que se debe de hacer? Propongo un movimiento que ponga su énfasis en trabajar por quienes más lo necesitan, en los más marginados y discriminados. En los inmigrantes, en las comunidades pobres, en los jóvenes, en los que no tienen hogar, en los que tienen que vivir al margen de la sociedad y sujetos al peligro constante debido a su identidad, y que en ningún momento esté dispuestos a vender sus ideales e integridad. Pero a la vez propongo un movimiento de pragmatismo que utilice todos los mecanismos políticos y legales a la disposición para alcanzar sus objetivos. En fin propongo un movimiento que acepte a todos y todas que nos identificamos como LGBT en toda nuestra maravillosa diversidad, cuya meta sea el día en el que nadie tenga porqué temer al descubrirse a sí mismo. 

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* Las fotografías son del motín del Stonewall Inn y las protestas subsiguientes en 1969. La última fotografía es de la asociación de veteranos de Stonewall y entre estos se encuentra la activista Cristina Hayworth, radicada en Puerto Rico desde la década del 60 y quien estuviera activa en la visibilización de la comunidad LGBT en las décadas de los 80 y 90.