Fronteras imperiales: refugiados, exiliados e inmigrantes

Escuché, y conocí, a Aníbal Quijano en el congreso de la Latin American Studies Association (LASA) que se celebró este año en Puerto Rico, en una conferencia organizada por CLACSO. Fue todo un evento porque era la primera vez que CLACSO, como organización, presentaba en LASA. En esa presentación aprendí el concepto de la colonialidad del poder y cómo este ha impulsado una de las relaciones de poder más perdurables y poderosas en nuestra historia. En aquella reveladora conferencia Quijano nos explicó que el mismo concepto de la raza la inventaron los europeos en este continente como una de las estrategias de dominación más exitosas, ya que ha logrado sobrevivir hasta el día de hoy. Según Quijano, cuando esta noción se impuso se legitimó un nuevo poder basándose principalmente en los rasgos fenotípicos de las personas. Y esta relación es tan potente y, a su vez, tan aceptada culturalmente, que incluso al día de hoy para muchas personas el 12 de octubre, el famoso “Columbus Day”, o día de la hispanidad en España, es también el día de la raza. Es decir, no solo seguimos celebrando uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad, sino que celebramos la “creación” de las razas como tal.

Afortunadamente, en las últimas décadas la historia de la conquista y la colonización ha tenido nuevas lecturas tanto en el campo histórico como en el político, literario y cultural, entre otros. Por eso, no solo no hay nada que festejar, como dice la canción del grupo mexicano Café Tacuba, sino que hay que seguir señalando las múltiples heridas y cicatrices que ese acontecimiento dejó en los pueblos de las Américas. Una de estas son las marcas en la tierra, las fronteras políticas, que obligaron a los diferentes pueblos de este lado del mundo —que de alguna forma habían convivido— a distanciarse y a encerrarse en un solo pedazo de tierra. Esa imposición de restringir a las personas a un espacio político y convertirlo en uno natural, es una de las principales causas de la violencia contra las personas que emigran.

Hace unos días vi una fotografía que me obligó a reflexionar hasta dónde ha llegado la secuela del imperialismo en este continente.  En la fotografía aparece un grupo de hombres centroamericanos y/o mexicanos montados en un tren con un cartel que lee “Somos sirios, no disparen”. Y es que al parecer hoy en día es mejor ser refugiado o exiliado que inmigrante, se puede huir de las guerras, o dictaduras, pero no del hambre. Esa imagen, la de inmigrantes que han asumido que su vida vale menos que la de los refugiados, nos muestra la hipocresía de nuestras sociedades que, por un lado hablan del horror por el que está pasando la población Siria y hacen un llamado a solidarizarnos con esta y, por otro lado, olvidan las experiencias por las que tienen que pasar muchos migrantes indocumentados para poder cruzar las fronteras tanto de Estados Unidos como de Europa. Porque de la población que huye de la guerra del hambre y la violencia ya no salen fotografías, de esa ya no se habla. No hay comunicados de prensa impulsando el asilo de estas personas y, peor aún, sigue sin reconocerse que la migración masiva de estas personas también se debe al intervencionismo europeo y norteamericano en Latinoamérica y otros países del sur global.

Sin embargo, más allá de mostrar nuestra solidaridad frente a todas las personas que se van de sus países de origen para mejorar su calidad de vida, o por cualquier otra razón, debemos problematizar el mismo concepto de las fronteras, y particularmente las fronteras nacionales. Nos han acostumbrado a pensar que las fronteras políticas entre los diversos países son tan naturales como los ríos que cruzan la tierra. Bajo nuestra lógica capitalista e individualista la tierra le pertenece a un país y nadie más puede pisarla sin el consentimiento de éste. Nos adueñamos de los espacios y obstaculizamos lo que ha hecho con toda naturalidad la mayoría de los seres humanos a través de los siglos en nuestro planeta: migrar. Penalizamos a aquellos que se atreven a caminar por el mundo sin el consentimiento de los Estados. Por ello las reglas cambian dependiendo del lugar de origen y de cuál es la dirección de la migración; si es de norte a sur, las fronteras son prácticamente invisibles. Pero si el desplazamiento es del sur al norte, entonces nos topamos con murallas infranqueables, cortinas de hierro, alambres de púas y militarización. Esta absurda realidad es la que nos obliga a volver a la conferencia de Aníbal Quijano, y entender por qué hay que recuperar nuestra historia y repudiar un discurso dominante que se ha inventado al Otro para poder someter a los pueblos.

Lo cierto es que hoy en día nos hemos convertido en férreos custodios de nuestras fronteras, casi tan inhumanos como los países del norte. La violencia que vemos en frontera entre la República Dominica y Haití, es muy similar a la que hay en la frontera en el sur de España o la de México y Estados Unidos porque parten de una misma lógica: la racial. Nos hemos cegado con la historia de las soberanías y olvidamos la necesaria hermandad entre los pueblos, una hermandad que no se traduce en intercambios comerciales como el capitalismo nos ha hecho creer, sino que se basa en la solidaridad. Asumimos el discurso imperialista de las razas y nos hemos diferenciado entre personas de una misma isla, como es el caso de la frontera entre República Dominicana y Haití, que están separados por una línea política imaginaria. Por eso, no solo debemos seguir repudiando el genocidio imperialista, también es necesario que rechacemos las fronteras imperialistas impuestas entre nuestros pueblos.

Las nuevas lecturas sobre las antiguas civilizaciones indígenas nos animan a revisar otras formas de vida y organización que no ven la migración como un delito sino como un elemento importante en la vida de todos los pueblos. Annette Jaimes explica en su artículo “The Stone Age Revisited: An Indigenist View of Primitivism, Industrialism and the Labor Process” que muchas civilizaciones indígenas —en particular las que estaban asentadas en América del norte— reconocían la importancia de la migración y la necesidad de crear lazos de solidaridad con otras civilizaciones. Por eso crearon la Confederación de Naciones Iroquitas (Nations Iroquois Confederacy), una confederación que impulsó la convivencia pacífica entre pueblos aledaños y promovió el intercambio cultural y de bienes entre las diferentes civilizaciones a través del libre flujo de sus ciudadanos. Tal vez ha llegado el momento de crear nuestra propia confederación de pueblos de las Américas que promueva el intercambio y la solidaridad entre las personas y no entre las compañías.
 

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Lista de referencias:

Jaimes, Annette. (Autumn 1991). The Stone Age Revisited: An Indigenist View of Primitivism, Industrialism and the Labor Process”. Wicazo Sa Review. Vol. 7, No. 2, pp. 34-48.


Lista de imágenes:

1. Afiche oficial del encuentro anual de LASA en Puerto Rico, 2015.
2. Imagen difundida por El Fantasma, "Somos sirios no disparen", 2015.
3. Verónica Calderón, "México trata de contener la migración centroamericana", 2014.
4. Alberto Nájar, "El polémico plan de regularización migratoria de México", 2015.

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