Para captar sin hacerlo

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José alzó un cuchillo cualquiera, convidado en un instante claro y lúcidamente abrumado, y se cortó la bolsa de debajo de los ojos de un solo trazo, dejando escapar todo el fango y sueño acumulado de días transvividos en incomunicaciones y adioses sin hoy tan siquiera, en las aguas horizontales de una losa colocada a un lado del mueble de una habitación.

Pero no logró conjeturar la parte discursiva deseada, por haber los pensamientos reminiscentes del día mantenido su propiedad casi moldeada, casi intacta, y aflorar, sin ser convocados a cada rato, junto con algunos gérmenes naturales latentes en el espacio relegado de la voluntad no totalmente triunfante.

Esto fue cuando hacía calor, sin nubes acobijables que arrastrar encima. Los tiempos jugaban a ser verdaderos, a existir, obviando su concepción arbitraria y senil, quizás en su senilidad creían ser. Se intercalaban mentalmente y al frente de cada uno; al estar en la mente, se podían ver las cosas a través de ellos; al estar enfrente, se mostraban todos sus bordes, como queriendo que los adoptase alguien. Eran huérfanos de sí mismos, como él en eso que discurría implacablemente como queriendo ser sombra entre tanta luz cansada.

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Al final de las escaleras hay un pasillo lateral, de los que hay conectados al principal del segundo piso, que lleva a un torno medidor de usuarios, luego del cual hay alguien quien te exige serle conocido. Dejado atrás ese alguien, se tiene acceso a tres niveles de conciencia que poseen otros muchos a su vez; todos clasificados perfectamente en números y letras que no permiten su localización. Allí es cuando se prueban los deslindes de las fibras verdes, dilapidadas en ocre, de unos microscópicos algos respirables o absorbibles, dejables de penetrar para poder conseguir alguna metamórfica conciencia fuera de la propia cotidiana. Adquiridos los deseados o, al menos, algunos no muy desagradables, se atrapan y se llega uno hasta la mesa de registro, donde una masa más lograda en ser que en forma llena algunos blancos necesarios como blancos, y los guarda fuera de concepciones de papeles de oficina y archivo que en pocos días tendrán enfermedades incontagiables e inservibles.

Una imagen que lo habitaba todo o casi todo: eso había de frente en cada enfoque de la mirada. Sin perdón se veían las cosas por ella, presente en todo: un árbol trepidante, era ella; una partícula, era ella; una esquina, ella; otra pupila, ella; solo ella, impresa en el ojo intentador de visiones aisladas, propias, en el universo de la imagen.

Se logran algunos ocasos al ver a una amiga entrañable, pero nunca atisbada en lo oscuro, desangrarse por el cuello luego de que un gato erizado le penetrara una arteria; al ver el zarpazo expulsado; al ver su cuerpo, rodillas en tierra, posición de medio lado, inclinarse hacia el frente y depositarse en la yerba negra de este patio. Se pueden lograr otros tantos, al conocer que hay otro que es igualmente identificable que tú y no eres tú; que en la simplicidad de lo exterior a lo exterior, pueden llegar a creer que eres él y no lo eres, sin remedio; es el hermano desconocido que no lo es.

Alguien se imaginó unos instantes separados, como lo son casi todos, algunos sin continuidad, sin logicidad, sino, no lo fueran. Mas esto, pese a su forma, a su querencia, sigue imitando algo que parece un día; las brisas laterales escapan a las alas y hay un bloque que no llega a su arena.  

 


Lista de imágenes:

1. Tommy Ingberg, Lies.
2. Tommy Ingberg, Torn.


 

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