Arte e historia en guiño transdisciplinario*

Ni filósofa ni historiadora de arte soy, por lo que no me inclino hacia la intención de argüir acerca de las experiencias estéticas o, más precisamente, en qué consisten las formas de determinarlas. No me paseo entre los críticos de arte. Es más, recelo de su experticia en el calculado manejo de términos estilísticos o técnicos con los que abultan sus columnas puestas al día, en guisa de patrocinar lo entendido como arte o desamparar lo rebajado como no artístico. Tampoco hubo diosa ni musa que me otorgara el “genial espíritu” que hiciera brotar mi “inspiración” en comparsa, por ejemplo, con la luz de mediodía que caracteriza nuestros caribeños inviernos. Por tanto, nada puedo decir, mucho menos afirmar, sobre los motivos (la mar de ocasiones insospechados o sencillamente poco razonados) que llevan a un sujeto a perfilarse a sí mismo como alguien capaz de mirar/ver estéticamente las ricas inscripciones que dan cuenta sobre la vida en sociedad.

Todos estos nones me conducen a señalar que mi intervención en el foro sobre arte e historia, la asumo como un buen pretexto para apuntar varios de los aspectos que, desde mi ejercicio como historiadora cultural, azuzan mi acercamiento al estudio de las imágenes. Pero, antes de proceder a ello, aclaro que estoy lejanamente animada a intentar proximidades teóricas que busquen establecer, metódica y armoniosamente, una correlación entre arte e historia. Más bien me oriento por la idea de que la aludida conexión debe desbordar lo contenido en la expresión disciplinaria “historia del arte”.

Como efecto de esto pregunto: ¿es pertinente hacer historia del arte sin que medien cuestionamientos acerca de los parámetros de la disciplina histórica? De aceptar la importancia de las discusiones epistemológicas y metodológicas respecto a la historia, entonces ¿no es igualmente necesario descoyuntar lo largamente presumido como arte y no arte?

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Sandra Jean-Romero, Interdisciplinary

Al interior de estas interrogantes operan otras. Aunque en tiempos ampliamente lejanos entre sí y con sentidos y finalidades distintos, historia y arte nacieron como conceptos ligados a lo temporal. En esta línea cuestiono: ¿no está el tiempo “real” del historiador como el del artista siempre situado en el presente? ¿Acaso hacer mirar/ver/leer/sentir el carácter multidimensional y multireferencial de la realidad, no conlleva que, independientemente de las diferencias en los formatos que emplean, historiadores y artistas actúen desde una temporalidad viva?

Otro juego de inquietudes me aguijonean. Respecto a la historia ¿es posible “saltarnos” las líneas de tiempo con la que hemos pretendido representar de manera sucesiva el pasado y el presente? La mar de las veces las rutas de tiempo lineales están en pos de nombrar el porvenir, por tanto, de cancelar su indefinición. Vistas de este modo, ¿acaso no terminan por excluir a los sujetos que se resisten a las definiciones de la realidad proclamadas con señas de invencible rigidez? En cuanto al arte se refiere, verlo/mirarlo como prolongación de una historia lineal, ¿no acaba por limitar la posibilidad de pensarlo, percibirlo, reconocerlo como expresión de lo que también, en palabras de Denise Najmanovich, es parte de lo “no reglado, lo azaroso, lo indefinido, lo ambiguo, lo borroso, lo que está aún en formación o lo que está en proceso de degradación”?

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Tali Hinkis and Kyle Lapidus, LoVid

En adelante, acoto en guiño transdisciplinario el reconocimiento de una necesaria puesta en relación compleja al arte y la historia. En este sentido, entiendo que no se trata meramente de reconocer el uso de las imágenes, producidas desde épocas inmemorables, como documentos o vestigios que nutren a la historia como especificidad disciplinaria orientada hacia el estudio del pasado. Es decir, el asunto va más allá de un cambio de enfoque respecto al modo como debemos incorporar el uso de las imágenes en nuestras narrativas históricas. Al fin y al cabo, la historia y las imágenes (incluyendo, por supuesto, las definidas como arte) se mantienen en permanente proceso de actualización.

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Para la reafirmación de esta premisa, recurro al historiador François Hartog, cuando plantea que la historia encuentra la medida de su posibilidad en su capacidad para explicar, siempre de manera provisional e inestable, las experiencias de lo contemporáneo en el que surgen de continuo conceptos que “tejen la evidencia del presente”, se pone de manifiesto el “uso presentista del pasado” y “el futuro se vuelve más imprevisible que nunca”.[2] Por tanto, urge convenir en el cuestionamiento de las categorías de tiempo que manejamos para observar críticamente sus implicaciones políticas, sociales y culturales. Además, hace falta transitar incesantemente por otros campos de saber, rebasando todo presupuesto, categoría, concepto que obstaculicen el reconocimiento y entendimiento de la complejidad de las acciones humanas. Desde esta asunción planteo que lo transdisciplinario nos posibilita imaginar/pensar para percibir, interrogar, vincular, profundizar diferentes temporalidades de lo humano de modo que, como sugiere Najmanovich, abramos espacio a cartografiar flexiblemente formas diversas de producir conocimientos, sentidos y experiencias.

Posicionamientos que se amparen en la transdisciplinariedad podrían reorientar los saberes académicos (como, por ejemplo, los que remiten a la historia del arte, la historia cultural y los estudios de cultura visual) en direcciones que nos sitúen a comprender con sensibilidad los diálogos polisémicos y polivalentes, que generan las prácticas artísticas en los históricos entresijos de lo cultural. Por supuesto, para ello necesitamos rebasar los conocimientos sellados por, como advertiría Nelly Richard, “diplomas de obediencia disciplinaria”.[4] De esta manera, estaríamos mejor dispuestos para apostar a estrategias académicas, culturales, artísticas propensas, como arguye Edgar Morin, “a confiar en lo inesperado y trabajar para lo improbable”.[5] Y en esto, también se juega, según Basarab Nicolescu, a volver posible el diálogo entre las diferentes culturas, a lo que las atraviesa y las sobrepasa en los diferentes lugares y diferentes momentos de la historia.

* Este escrito constituye una síntesis del escrito que presenté el 5 de noviembre de 2011 en el contexto del Foro Arte e Historia, auspiciado por la Asociación de Estudiantes Graduados de Historia del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

Notas:

[1]Denise Najmanovich, “El desafío de la complejidad: redes, cartografías dinámicas y mundos implicados”. Disponible en:

[2] Aunque los argumentos de Hartog citados aquí se encuentran a lo largo de su libro Regímenes de historicidad, trads. Norma Durán y Pablo Avilés (México, D.F.: Universidad Iberoamericana, 2007), las citas entrecomilladas las extraigo del artículo del mismo autor titulado “El historiador en un mundo presentista”, publicado en Fernando Devoto Historiadores, ensayistas y gran público 1990-2010 (Buenos Aires: Ed. Biblos, 2010). 5 julio 2011. Recuperado de

http://alvarezteran.com.ar/wp-content/uploads/downloads/2010/08/El-historiador-en-un-mundo-presentista.pdf

[3] Denise Najmanovich, “La complejidad. De los paradigmas a las figures del pensar”. Disponible en: 

https://www.insumisos.com/lecturasinsumisas/Complejidad_de%20los%20paradigmas%20para%20pensar.pdf

[4] Nelly Richard, La insubordinación de los signos (cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis) (Chile: Editorial Cuarto Propio, 1994): 79.

[5] Edgar Morin, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. (París: UNESCO, 1999): 46.

[6] Basarab Nicolescu, Transdisciplinariedad. Manifiesto, trad. Norma Núñez-Dentin. (s.l.: Ediciones Du Rocher, s.f.): 84-89. Disponible en: http://www.ceuarkos.com/manifiesto.pdf

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