Reforma laboral y desemancipación

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 ~...para una sintomatología del neoliberalismo criollo~


I

La presente reforma laboral propuesta por el gobierno de turno ha sido tildada, de entrada, como neoliberal. No cabe duda de cuánto la presente legislación intensifica la explotación, al ampliar el proceso de precarización para cuantiosos sectores de trabajadores asalariados. Se puede incluso prever la eliminación de puestos de trabajo a tiempo completo, cuyo efecto real sería la ampliación de la jornada de trabajo para dichos sectores. A ello debe sumarse el achicamiento de los beneficios marginales, como el bono navideño y los días por enfermedad (cuya aplicación solo corresponde, en la mayor parte de los casos, a trabajadores de jornada completa). Si bien es un cuadro tétrico el que emerge al tomar el pulso de las posibles consecuencias de esta "reforma laboral", no debe pasarse por alto el hecho de que por los pasados 25 años, los beneficios, tanto económicos como los recursos de amparo a la ley por parte de los trabajadores, se han achicado de manera significativa. En este sentido, la reforma propuesta solo persigue ahondar el estado crítico de los sectores asalariados en el país. Entonces cabe preguntar: ¿es esta reforma "neoliberal" en esencia?

Marx advertía que el interés propio de la clase capitalista es aumentar a toda costa el margen de ganancia. Señalaba también el rol fundamental que había jugado la clase trabajadora en la fijación de la jornada de trabajo, obligando al Estado a tomar partido en la controversia. En este sentido, la legislación presente forma parte de un largo drama (que se ha extendido por más de dos siglos) y cuyo centro gravitacional es la ley de la explotación (Negri, 2006). De igual modo, se pudiera cuestionar cuán diferente (o similar) es la explotación hoy día respecto a la del siglo XIX. La historia obliga a colocar asteriscos por todas partes, en especial en lo que concierne a las condiciones de trabajo y el estado de ley que cobija y, en cierta medida, protege al trabajador. Con todo ello, Picketty (2013) ha argumentado que el crecimiento económico presente es muy similar al del siglo XIX. Ante tal situación, los sectores más acomodados de la sociedad tienden a acumular capital, manteniéndose al margen de cualquier actividad productiva. De esto se deriva una consecuencia importante: al desacelerarse la economía, la movilidad social tiende a evaporarse y la brecha entre ricos y pobres se agranda.

Pero, de otra parte, no es secreto que las condiciones de trabajo (y explotación) se han transformado considerablemente. Cabe señalar, sin embargo, que el fin del fordismo coincidió con el ocaso del obrerismo, al verse este atrapado entre la conformidad salarial y la creciente estridencia de la explotación mecanizada (Aglietta, 1979). El régimen de explotación que desde entonces comenzó a cuajarse partió, precisamente, del rechazo a la rigidez del fordismo (y del cual, por cierto, las uniones obreras fueron cómplices) y la celebración del trabajador flexible. Sin embargo, precisa advertir las consecuencias que ha tenido esta transformación: por un lado, un rechazo abierto a las uniones obreras, y del otro, una concepción "débil" del tiempo y espacio (Sennet, 2000). Dada la forma en que estos valores socavan el sentido de pertenencia a una experiencia común basada en las relaciones productivas, la resistencia que solía emanar de la cooperación impuesta en el lugar de trabajo ya no ocurre. En todo caso, esta ha sido reemplazada por la solidaridad débil de las "redes sociales", cuya naturaleza responde mejor a causas de carácter universalista que a la precariedad que marchita y quebranta la existencia cotidiana de miles de trabajadores asalariados precarizados. ¿De dónde, entonces, emana el carácter neoliberal de esta reforma? ¿De su continuidad o discontinuidad con el pasado?

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II

Quizás uno de los temas con los cuales se enfrentó el pensamiento liberal a mediados del siglo XIX fue la necesidad de imponer el régimen del trabajo asalariado a lo largo y ancho de la sociedad (aquello que Marx llamó "plusvalor absoluto"). Explícitas quedaban sus intenciones de no solo "someter" a la población de los desposeídos, sino también de cortar cualquier asistencia, por parte del Estado, que abriera la posibilidad de vivir sin estar sometido al régimen de explotación. Por tanto, aquellos que buscaron refugio en los workhouses perdieron su identidad como ciudadanos, tornándose en propiedad privada del guardián de la institución. Tal ocurrencia solo pudo existir allí donde la comunidad de hombres libres estuviese formada por una selecta minoría de propietarios. La masa restante nunca gozó de la "libertad" que tanto celebró el liberalismo decimonónico y, en todo caso, estuvo sujeta constantemente a la explotación y el dominio por parte de esta selecta minoría (Losurdo, 2014).

Foucault (2000) registra esta bifurcación al examinar los discursos sobre la sexualidad que se tejieron tanto para la burguesía como para el proletariado urbano. Para los primeros, la familia aparecía como un ente sexual "coagulado"; para los segundos, precisaba mantener lo sexual oculto, alejado y preservar las distancias espaciales. En última instancia, sugiere Foucault, se perseguía "el control de la poblacional servil". Ello estuvo en sintonía con las histerias moralistas que Malthus escondía tras sus formulaciones económicas de corte apocalíptico. Al no participar de los derechos que emanaban de la libertad moderna, se abrió las puertas a la vigilancia revestida de intervención de estos estratos sociales. Lo que en Foucault aparece como "dispositivo de vigilancia" tuvo su origen en la desvalorización del obrero urbano a simple sirviente, ocurrida en los workhouses (Losurdo, 2014). Claro, la constitución del proletario urbano como clase peligrosa y el desarrollo de tecnologías de dominación trascendió por mucho la esfera de lo privado. Marx es bastante elocuente al respecto cuando discute la extensión de la jornada de trabajo en el primer libro de El Capital. Del mismo modo, Fishman (1987) y Jackson (1985) dan cuenta de las dimensiones espaciales (en Manchester, el primero; en las principales ciudades de Estados, el segundo) que cobró esta construcción del proletariado como clase peligrosa. Todo ello fue cardinal en el proceso de crear y consolidar una clase al servicio no solo de la burguesía, sino de la sociedad (que, claro está, estaba compuesta por esa minoría selecta de propietarios). De aquí que no solo Marx y Engels compararan la condición del proletario europeo del siglo XIX con los esclavos de las colonias americanas; mucho del pensamiento liberal continental se suscribía a esta tesis (Losurdo, 2014). He aquí entonces la razón primordial por la cual se privó a las clases desposeídas no solo de los derechos, sino de la plena participación en la esfera política: su condición de sirvientes los excluyó de formar parte de la comunidad de propietarios libres.

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III

¿Existen paralelos entre el pensamiento liberal decimonónico y su variante presente, el neoliberalismo? Cuando a "liberalismo" le precede el prefijo "neo" debe resultar evidente que de lo que se trata es de una versión nueva, reciente, del discurso que sirvió de sustento a las relaciones de dominio y explotación en Europa y América a lo largo de la modernidad. No se trata de cuán contemporáneo puede resultar el pensamiento o la obra de un De Tocqueville o Suart Mill, sino cuán vigentes (o caducas) son sus ideas sobre temas tan controvertibles hoy día como la libertad, la raza, la política, la economía, el trabajo y, por qué no, la explotación.

Un examen cuidadoso revelaría temblorosos paralelismos entre aquellos pensadores decimonónicos y los portavoces del neoliberalismo actual. Mucha de la trama que sirve de soporte a la reforma laboral construye a las poblaciones subalternas como vagas, irresponsables e ilusas. Es difícil olvidar el comentario del economista Fernós Sagebién sobre los "gustos de Bared y presupuestos de Avon" (citado en Díaz, 5 de febrero de 2014) o los consistentes reclamos de legisladores o líderes empresariales sobre la "tasa de 40% de participación laboral". Este discurso trasciende la clase y termina siendo adoptado por todos: "¿Cómo quieres que el País cambie cuando te robas la luz? ¿Cómo quieres tener un buen futuro para la familia, si no inculcas valores en tu casa?" (Sharianne González, estudiante universitaria, citada en Cortés Chico, 27 de marzo de 2016). De aquí que el reclamo al recurso tecnocrático implique, de entrada, el empleo de tecnologías que sirvan para tornar en agentes productivos a amplios sectores subalternos: “La solución no es un control más firme sobre su autodeterminación, sino una economía en crecimiento y dinámica que cree puestos de trabajo para los puertorriqueños en Puerto Rico" (Luis Gutiérrez, congresista, citado en Delgado, 30 de marzo de 2016).

Para ello hizo falta la intromisión de un ente exterior (la “Junta”), la profesionalización de la intervención en detrimento de la gestión política (siendo esta la postura de Marxuach y el Centro para la Nueva Economía, o la realidad de una “Junta de Control Fiscal”) o la privatización a mansalva a modo de crear “empleos” (postura reinante entre los economistas). Si esta antesala a la reforma se fue erigiendo de cara a la llegada de la Junta, no extraña que la primera movida del nuevo gobierno sea reafirmar la condición subordinada de aquellos que "viven del cuento". Por tanto, esta convulsión del estado de ley en lo concerniente al trabajo y la explotación persigue, de un lado, reconvertir los derechos en privilegios asociados a la riqueza (esto es, asignarles una medida), mientras, del otro, constituye una masiva desemancipación de los sectores subalternos en el país. No es que nada de esto no haya ocurrido con anterioridad: ya desde la década del noventa el Partido Demócrata estadounidense (en contubernio con los republicanos) le había declarado la guerra a la alteridad con la reforma del sistema de asistencia social, estableciendo equivalencias entre "vida" y trabajo precarizado (Aronowitz, 2014). Ello contó con la simpatía del entonces gobernador Pedro Roselló (padre del actual gobernador), quien hizo de su parte por medio de legislación local. En este sentido, el proceso de desemancipación viene ocurriendo desde hace ya bastante tiempo.

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No debe, por tanto, sorprender en lo absoluto los eventos actuales. De todo esto se deriva una constante: el acto de reconstituir el discurso liberal decimonónico, a modo de brindar legitimidad a los esquemas de explotación y dominación que de a poco comienzan a tomar forma en nuestro presente. He ahí la clave para entender el neoliberalismo.


Lista de referencias:

Aglietta, M. (1979). Regulación y crisis del capitalismo. México: Siglo XXI. 
Aronowitz, S. (2014). The Death and Life of American Labor: Toward a New Worker’s Movement. London: Verso. 
Cortés Chico, R. (27 de marzo de 2016). Esperanza en el individuo y no en los partidos. El Nuevo Día, p. 4-5. 
Delgado, J.A. (30 de marzo de 2016). Liderato demócrata levanta sus espadas contra la Junta de Control Fiscal. El Nuevo Día. Tomado de:http://www.elnuevodia.com/noticias/politica/nota/lideratodemocratalevantasusespadascontralajuntadecontrolfiscal-2180289/ 
Díaz, M. (5 de febrero de 2014). “Una trastada” la movida de S&P. El Nuevo Día, p. 10-11. 
Fishman, R. (1987). Bourgeois Utopias. New York: Basic Books. 
Foucault, M. (2000). Los anormales. México: Fondo de Cultura Económica. 
Jackson, K.T. (1985). Crabgrass FrontiersThe Suburbanization of the United States. New York: Oxford University Press. 
Losurdo, D. (2014). LiberalismA counter-history. London: Verso. 
Negri, A. (2006). Movimientos en el imperio. Barcelona: Paidós. 
Picketty, T. (2014). Capital in the Twenty-First Century. Cambridge, Mass.: Belknap. 
Sennet, R. (2000). La corrosión del carácter. Barcelona: Anagrama.


Lista de imágenes:

1. IUS 360 
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4. Pedro Peinado, Periódico Diagonal