Modificando el pasado

Parece un lugar común que las memorias de algunos difieren de las que tienen otros de un mismo suceso. Narrativas que pretenden enaltecer una situación o aumentar el nivel de participación de alguien en eventos que han adquirido categoría de “historia” son hoy día susceptibles a examen minucioso de parte de quienes pueden ofrecer testimonio. La deformación de una historia tiene una gama de posibilidades desde el olvido de un detalle importante hasta su modificación no intencional por el narrador. También ocurre la deformación intencional y la mentira absoluta de inventarse situaciones en las que el protagonista no participó. Ejemplos recientes de invenciones narrativas con el propósito de añadirle drama a la vida de alguien o de dramatizar la valentía propia —de protagonismo, digamos— son los comentaristas de televisión Brian Williams y Bill O’Reilly.

Williams el presentador estrella de noticias de la NBC admitió haber exagerado durante doce años una experiencia (de 2003) en la que un helicóptero en el que viajaba durante el ataque de Iraq por los Estados Unidos estuvo bajo fuego. Según Williams el helicóptero tuvo que aterrizar porque una granada lo averió. Resultó, sin embargo que viajaba en otro helicóptero, no el averiado. Una vez desmentido, William hizo el extraño comentario “que algo había pasado en su cabeza para hacerle olvidar lo que pasó en Iraq”. Es un argumento al que quiero regresar.

O’Reilly, uno de los presentadores de FOX News ha fabricado experiencias por más tiempo que Williams sobre asuntos que ocurrieron mientras él estaba muy lejos de las situaciones en las que dice haber participado o presenciado. Un testimonio, de que fue testigo del asesinato de cuatro monjas en El Salvador, ocurrió un año antes de él haber llegado a ese país. Hay muchas otras fabricaciones incluyendo un recuento sobre la guerra de las Malvinas que O’Reilly dice haber presenciado mientras estaba en Buenos Aires, 1000 millas de donde ocurría la guerra. Dado a editar los videos que presenta en su programa para mentirle al público, “las memorias” de este señor, que escribe y publica libros de memorias, no son confiables para nada. Por lo menos Williams estaba en el otro helicóptero.

Sería obviamente peligroso basarse en “memorias” de estos dos individuos para escribir Historia, o sea, aquello que podría ser corroborado usando fuentes variadas incluyendo la memoria, para dar una definición corta y penosamente limitada del término. Sin embargo, dado que una cinta de video es o puede ser un documento, hay que cuidarse de todo lo que pretende ser “memoria” por estar grabado. No hay que pensar mucho para concluir que hay que albergar las mismas dudas de lo que está fotografiado o filmado si ha sido cambiado para engañar o modificar la “memoria” que se hace Historia.

Un análisis científico o clínico detallado de donde reside la memoria estaría más allá de la capacidad de este breve ensayo, pero es curioso que una enfermedad que borra la memoria domina el último tercio del siglo XX y lo que va de este como si quisiera debatir en contra de la memoria como algo en lo que se puede depender. Me refiero, por supuesto, al Alzheimer y a la memoria que llamaré fidedigna, aquella que está más cercana a cómo un suceso “fue”. La multiplicidad de factores que se combinan para causar esta condición incluyen factores genéticos, ambientales y los estilos de vida de las personas. Solo menos del cinco por ciento de los que la tienen sufren de un cambio genético que virtualmente garantiza que los que lo portan desarrollarán la enfermedad. Este tipo de variante la padece el personaje principal (Julianne Moore) en la película reciente “Still Alice”. Esta cinta demostró muy bien como la pérdida de memoria va reduciendo al que la sufre a un nicho de desconocimiento que lo separa de otros seres humanos. Muchas de sus memorias viven en otros.

Algo curioso del Alzheimer es que los afectados muchas veces tienen memorias antiguas de un pasado que ha perdido toda su negatividad y lo que deja son momentos idealizados. Llama la atención que la enfermedad va aumentando con la edad. Entre los 80 y los 84 años los diagnosticados cada año son más de diez veces los que se diagnostican entre los 65 y 69; después de los 90 años el número es diez veces más que entre 80 y 84 años. Se calcula que en el Mundo hay más de 26 millones de personas que la sufren. Estos números fríos e irrefutables de estudios clínicos me llevan a la sugerir que hay que coleccionar las memorias de la gente a tiempo, antes de que comiencen a perderse en el tupido desarreglo arquitectónico del cerebro que tipifica el Alzheimer. En el Oriente los viejos son venerados por lo que saben, una práctica que ayuda a conservar las memorias que han acumulado y a mantenerlas vivas para futura referencia. ¿Cuánta historia se ha perdido y cuántos libros de historia se han dejado de escribir por la pérdida de memoria de esos 26 millones?

Vale la pena mencionar que, a pesar de todos los estudios que ha generado, no sabemos bien que causa la enfermedad ni dónde reside la memoria. Tampoco sabemos por qué algunos tienen mejor memoria que otros sin que haya evidencia de enfermedad. Desconocemos también la vida natural de una memoria. ¿Cuánto dura? ¿A qué velocidad desaparece? Dónde está guardada, y si ese lugar la defiende de alteraciones que la corrompan, es un misterio. ¿Será posible que tal y como reclamó algo extraño ocurrió en la cabeza de Brian Williams que lo hizo modificar su historia? Dudo que no le pasara por la mente que su mentira podría ser descubierta, particularmente una sobre un incidente en Irak donde hubo testigos. Por el contrario, puede que Williams no sea tan mentiroso como O’Reilly, pero que mentiroso sea de todos modos.    

Alguien que con frecuencia extrema agranda o disminuye un memoria podría ser víctima de un enredo anatómico de neuronas que están en vías de convertirse en marañas (“tangles”) causadas por la proteína tau (es un hecho biológico) y que impiden el transporte normal de memorias a donde se almacenan. Aunque es difícil probar esta teoría en vida, podría ser, y le estoy dando el beneficio de la duda a quien incide en estas prácticas, una causa biológica para la distorsión de memorias.

Relevante a las memorias traumáticas, desde un punto anatómico podría ser las afectación anatómicas que se ven en Alzheimer en la estructura llamada la amígdala, que almacena y procesa memorias de reacciones emocionales. ¿Podría haber en algunas personas una capacidad disminuida para manejar memorias traumáticas porque hay lesiones leves en esta estructura? Nadie sabe, por lo memos hasta ahora, cuán poderosa es la mente para controlar cómo se procesan las memorias traumáticas en individuos.  

Modificar el pasado para crear una nueva verdad no es provincia única de individuos, como es el caso de los presentadores que he usado como ejemplo por ser casos recientes. Sociedades completas han tratado de modificar el pasado para modificar su culpa. La desmemoria puede tener su origen con el deseo consciente de no ver lo que está sucediendo en un momento dado para no tener que recordarlo, y no aceptar las implicaciones de algo obvio y deleznable para que la memoria no incida en la psique y esta tenga que batallar con el trauma de confrontar esas situaciones más adelante.

De interés particular es el caso de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, un país que como muchos otros fue ocupado por los alemanes. Los nazis tuvieron la idea torva de cebarse del antisemitismo y el miedo al comunismo para convertir a muchos ciudadanos en colaboracionistas (en todos los países existía el antisemitismo y habían comunistas de modo que en ellos deben de haber experiencias similares). En Crises of Memory and the Second World War, Susan Suleiman argumenta que la memoria de la Segunda Guerra se ha afianzado y cruzado fronteras en Europa a través del Holocausto, de esa forma la memoria de la guerra ha trascendido nacionalidades. Francia, sin embargo, representaba algo especial para los involucrados en los acontecimientos bélicos que duraron hasta 1945.

Existía, como es harto sabido, un rencor de siglos entre franceses y alemanes que llegó, se creía, a su pináculo con el fin de la Primera Guerra. El armisticio firmado el 28 de junio de 1919 en Versalles era una espada en el costado del nacionalismo germánico. Tanta era la animosidad contra el tratado que Phillip Scheidemann, el primer jefe de estado alemán electo democráticamente, renunció antes de tener que firmarlo. Una vez en vigor, sin embargo, sucedieron los cambios sociológicos e ideológicos que culminaron en la República de Weimar, cuyos políticos, socialistas, comunistas y judíos respaldaron el tratado. Arropados con el manto del nacionalismo, los que estaban en contra del tratado culparon, particularmente a los judíos, de haber “vendido” el país. Con la llegada de Hitler la culpabilidad de los judíos fue adquiriendo matices más profundos y los nazis hicieron de ellos parias con las consecuencias que conocemos y que culminaron en el Holocausto.

Muchos franceses compartían con los alemanes sentimientos antisemitas que habían creado el escándalo del caso Dreyfus a fines de siglo XIX y que no encontraría resolución hasta poco antes de la Primera Guerra Mundial. Esas heridas estaban aún latentes en Francia cuando Alemania comenzó a romper las reglas escritas del tratado de Versalles. Llegaron a su punto de ebullición con la invasión de Francia y la creación de la Republica de Vichy.

La colaboración en la encarcelación y deportación de judíos (cerca de 75,000 según Suleiman) es una mancha ya no de ese fantasma desaparecido que fue Vichy sino del el orgullo francés que una vez abogó por libertad, fraternidad e igualdad. La democracia durante la ocupación estuvo teñida de sangre y esa sangre manchó lo que podíamos llamar la memoria colectiva de muchos franceses. Para unos, los que colaboraron, había que olvidar; para la resistencia había que preservar y propulsar sus memorias heroicas. Por mucho tiempo las peripecias del gobierno de Vichy no eran tema público, pero muchos factores, en particular el arresto y juicio del interrogador nazi Klaus Barbie trajeron el tema al ruedo donde todos lo podían oír y discutir, y se fue descubriendo una serie de resquebrajamientos en los mitos creados por memorias acomodaticias alrededor de la resistencia francesa. Rencillas, envidias y odios internos fueron causas para que sus miembros, o sencillamente ciudadanos que no fueron miembros tácitos de la  resistencia, se delataran unos a los otros y causaran muertes inmediatas o tardías (en los campos de concentración).

Esa intención de santificar todo lo que tenía que ver con la valentía y el heroísmo del pueblo francés a través de la resistencia se puso en entredicho y es discutido de forma magistral por Suleiman en su libro. Hay que señalar que antes el director Louis Malle, en su extraordinario filme “Lacombe Lucien” (1977), creó un cuadro sobre la trivialidad asesina que puede resultar cuando se le otorga poder a la ignorancia. Lucien es un adolescente torpe que quiere entrar en la resistencia pero es rechazado y cae en manos de una agrupación llamada “La milicia francesa”, un grupo que colabora con los alemanes y denuncia (y les roban) a los que son desafectos al nazismo. El muchacho, que entrega a su maestro, conoce a una sastre judío que vive con su madre y su hija, y se enamora de la chica. Todos en su aldea, incluyendo a su madre, saben que colabora con los alemanes. Después de la guerra, ¿qué podía hacer la gente con una memoria como esa sino sepultarla? 

Malle, quien también trabajó en el guión, ha dicho que el filme está basado en sus memorias. Obviamente, por el tono de la película, esta es una memoria traumática, pero intuimos que el pasado ha sido modificado hasta cierto punto porque él director guionista no pudo haber presenciado todo lo que en el filme sucede. De hecho, Malle ablanda el desdén que uno podría tenerle a Lucien haciendo que este no sea rechazado del todo, a pesar de su torpeza y estupidez, ni por el sastre judío ni por su hija. Además, Malle el guionista le ha dado a la chica judía el nombre de France, de modo que, aunque no nos dice qué suerte tuvo, es junio de 1944 y ya los aliados están avanzando desde Normandía, sabemos que France (el país), fue liberada. Si France la chica judía sobrevivió la guerra fue gracias a Lucien. Malle tal vez esté planteando un argumento análogo al de Hanna Arendt en Eichmann in Jerusalem: que Lucien es un tonto que hace lo que le dicen y su poder causa daño sin él sentir remordimiento porque no se da cuenta de las consecuencias. Pero, a pesar de no tener una meta clara la salvación de France la chica es una especie de absolución de Lucien y de muchos otros como él que pueden haber existido en el país, aunque sean vistos a través de una memoria modificada.     

Más contundente en su presentación escueta de la resistencia, y muchas de sus verugas, es “L’Armé des ombres” o “Army of Shadows” otra memoria de un miembro destacado de la resistencia y de sus recuerdos de otros personajes importantes del movimiento. Escrita y dirigida por el gran Jean-Pierre Melville, la película va relatando las peripecias del grupo que ayuda a los aliados, mata a chotas y colaboradores, y, finalmente, lo que ocurre con uno de sus más destacados miembros, Mathilde (Simone Signoret). Todos eventualmente mueren, incluyendo la muer que pide ser ajusticiada por sus camaradas por haber revelado secretos, aunque haya sido bajo tortura. La valentía de los miembros del grupo y su sentido de honor contrastan con la “memoria” de Malle que es vista mayormente a través de los ojos de Lucien. En cambio, Melville nos cuenta la historia básicamente en tercera persona, como si estuviéramos leyendo la memoria de Joseph Kessel el autor del libro homónimo, que data de 1943. En este filme la memoria, si ha sido modificada, es para ensalzar la valentía y el heroísmo de la resistencia, no para presentar una posible apología por la colaboración de muchos franceses con los alemanes.  

Me a parce que lo más importante que hay que considerar en las dos memorias modificadas como películas es si su intención es distorsionar la Historia o contribuir una versión de la resistencia y la colaboración a una amplia audiencia. Ninguno de los dos filmes es moralista, en ningún momento se hace una aseveración que podamos llamar ideológica en el sentido político. Sí hay malos (nazis, colaboracionistas) y buenos franceses (la resistencia) en ambas cintas. En “Lacombe…”, sin embrago, son más bien parte del trasfondo, no causan directamente los cambios emocionales y sociales que sufren los personajes. Pero no hay un discurso moral ni acusatorio, ni una posición filosófica en contra del nazismo de parte de los directores. Sí es cierto que en la película de Melville se hace un reconocimiento al mito De Gaulle que fue ampliamente criticado cuando la película se exhibió por primera vez, pero no es esa la hélice que propulsa el barco.

Más bien, los dos filmes (Suleiman menciona el de Malle) aunque no son “Historia” debido a su naturaleza artística y ficticia, son evidencia de cómo la memoria modificada influye en la percepción de la Historia. Estoy seguro que más personas conocen la resistencia y la colaboración a través de estas dos películas que por los libros de Historia. El porqué de las cosas entre esos dos polos que separaron la población francesa tendría que basarse en los documentos y la interpretación que se les pueda dar sin que emerja del análisis una sombra ideológica. La pena es que, el cargo de consciencia, el arrepentimiento y la absolución personal o colectiva de los actos indebidos que fueron parte de la ocupación en Francis, han ido muriendo según los testigos han sucumbido al tiempo. Los que aún están vivos, puede que ya tengan marañas de neuronas que les impedirán recordar o les suavizarán o enaltecerán momentos que no fueron como los recuerdan. Si fuera historiador trataría de rescatar las más posibles.    

Lista de imágenes:

* Todas las imágenes pertenecen a la serie, Historia, Memoria y Silencios, de la artista argentina Lorena Guillén Vaschetti, 2012.

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