Inmasculinidades: sobre los llantenes

Algo inevitable que ocurre en la juventud y la adolescencia, tal vez particularmente para los niños, es el tema de las peleas; tiene que ver con el asunto de probarse, por la fuerza, en dinámicas de dominancia o territorialidad. En muchísimos casos lamentables, no es más que una válvula de escape para problemas en el hogar. Este autor suyo, en lo personal, nunca fue un niño “pelión”, aún así son varios los eventos que marcaron mi juventud dentro de esta esfera. 

Mi primera pelea fue en el tercer grado, en el salón de Ms. Caraballo: clásico enfrentamiento por la atención de una niña linda, la cual llamaremos, por motivos de respeto a su persona, Anette. Mi mejor amigo y yo, al cual llamaré Angelito, ambos estábamos interesados en ser su favorito. Que yo sepa ninguno se lo había comunicado directamente a ella, pero entre él y yo el tema estaba claro: solo uno podía ser el rey de su corazón (ahora en mi adultez entiendo que esto hubiese podido ser perfectamente posible).

Un día en el recreo, ambos estando cerca de la niña, intentamos un despliegue de fuerza (no sé exactamente con qué pretexto). El punto es que miré a mi amigo fija y severamente, hasta que se alejo lo suficiente para perderlo de vista y poder, valientemente, hacerle una mueca burlona, que supongo implicaba, por el meneo que hice con mi cuerpo y mi cara, que no le tenía miedo. Al agarrarme in fraganti, se avanzó hacia mí con gran extremosidad. Mientras corría de él, dándole vueltas a la fila de pupitres, alcancé por suerte divina, armarme con una regla de madera para defenderme del ataque inminente. De un tirón me rompió la regla en la mano y, como una reacción química inmediata, comencé a llorar estrepitosamente.

Estuve el día entero abatido. No solamente perdí la pelea, perdí la atención de Anette, perdí a mi mejor amigo y, encima de todo esto, perdí la compostura. ¡Qué vergüenza echarme a llorar de esa manera frente a todo el mundo! Para colmo de males, tras un día angustioso, justo antes de acostarme a dormir, mi padre querido, quien me venía a besar cada noche, me dio un grave consejo: “Hijo tienes que estar pendiente, porque si lo que pasó hoy te pasa de nuevo, te van a empezar a decir lloroncita”. Besando mi frente me dijo buenas noches y comenzó mi trauma freudiano de por vida. Fueron muchísimos los años que me tomó deconstruir un simple hecho sobre su consejo. El hecho semántico de que me llamaran “lloroncita”, no solo contenía en la palabra toda la amalgama de pérdidas que viví aquel fastidioso día, sino que gramaticalmente era un adjetivo diminutivo y, a la vez, propiamente femenino.

Posteriormente tuve otras peleas en mi vida. En la escuela superior me agarré a trompadas alguna vez, supongo que no más de lo normal. Inclusive recuerdo haber visitado en corillo otras escuelas para “peliar después de clase”. Hasta de adulto he tenido peleas, las cuales ahora me parecen mucho más vergonzosas que hazañas de dominancia. Pero, luego de todo este tiempo, sí hay algo que se ha mantenido claro: nunca más lloré en ninguno de estos encuentros. Quedó galvanizado por siempre que ¿lloroncita yo?, ni un chispito. 

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Las consecuencias de esta lección de vida a tan temprana edad provocaron en mí un fenómeno muy desagradable, el cual cargo a todos lados y que no ha dejado de ser en ninguna de las etapas de mi vida: es el hecho de que ya no lloro cuando se supone que llore. No tengo idea de dónde ni cuándo me va a asaltar un buen llantén. Es algo muy jodido y contradictorio. En los momentos de sentimiento colectivo o cuando estoy en medio de una experiencia dolorosa, no me sale ni una gotita. En momentos de lamentable desamor, en la muerte de seres importantes de mi vida, cuando me han dicho las verdades en la cara… se han llevado de mí la impresión de un hombre estoico, frío e invulnerable, al menos fisiológicamente. Siempre me he defendido diciendo que muy a pesar de mi sequedad, en efecto sufro y siento un gran desgarramiento interno. Sin embargo el hecho es que, de este mar, ni una arena. Nada, cero, ni un chililín de lágrimas para el otro. Ahora sí, me encanta llorar en cualquier otro lugar: en los museos escuchando la música del Orfeón San Juan Bautista, mientras veo las olimpiadas o las elecciones generales de mi país, y en especial, en los aviones. Pero cuando en realidad lo amerita, jamás.

Esta construcción que habita en mí me ha llevado a ser lo que se llamaría “un hombre con incapacitación emocional”. Lo digo sin duda alguna. Mis emociones de vulnerabilidad, por lo general, se traducen a coraje, a veces hasta con violencia, y a la necesidad de romper cosas, dar puños a objetos inanimados (usualmente al guía de mi carro) y, lamentablemente, a reproducir en mi mente ficciones fantásticas en “loop”, sobre cómo hubiese manejado de nuevo la situación con lo que ahora si sé. Todo futil, todo improductivo, todo acercándose más a la destrucción que a la producción. 

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Sería grandiosamente injusto de mi parte echarle la culpa de todo esto a mi padre, por un solo consejo momentáneo —el cual únicamente velaba por mis estrategias de supervivencia social en la escuela (los niños y niñas pueden llegar a ser gravemente crueles unos con otros sin supervisión adulta)—, porque en realidad este consejo fue más que el comienzo de un sinfín de refuerzos sociales que aún no acaban de formarme en el hombre que soy hoy día.

La violencia en la esfera masculina existe en un contexto de empresa expansionista desde la antigüedad, verificable en cada una de las guerras de la historia. Según Connell (1995): “I say ‘connections’ and not ‘context’, because the fundamental point is that masculinities are not only shaped by the process of imperial expansion, they are active in that process and help to shape it” (pp. 185-203, 253-255). Mientras que la violencia no se puede restringir al género, es abrumadora la evidencia de que los actores que ejecutan los roles de la violencia provienen históricamente de un lugar heteronormativo en cualquier sociedad.

Antes que morir en un duelo a mano armada, a lo Ramón Frade, quiero aprender a llorar. Quiero aprender a llorar como llora mi hija, la cual a veces miro con una mezcla de fascinación, sobreprotección y envidia. ¿Cómo es que puede acceder a esa angustia tan fácilmente? ¿Cómo procesa el dolor con tanta eficiencia y no se lo retiene, ahorrándose la depresión inevitable de autodirigirse al coraje? ¿Cómo es que suelta ese costal de malos ratos, los cuales yo me cargo diligentemente, conscientemente, cancerosamente? Hay algo clave ahí, que tenemos que aprender de los niños y las niñas. Alá me ayude a no coartarle el llanto a mi hija como me hicieron a mí. Por favor. Ojalá.

Sería lindo llorar a lo Oliverio Girondo: a lágrima viva, a chorros, llorar la digestión, llorar el sueño, llorar ante las puertas y los puertos, llorar de amabilidad y de amarillo, abrir las canillas, las compuertas del llanto… llorarlo todo, pero llorarlo bien. Para la experiencia completa, favor ver la versión de Eliseo Subiela en su pieza maestra de cine El lado oscuro del corazón (La primera parte). Gracias mil Oliverio.

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Lista de referencias:

Connell, R.W. (1995). Masculinities. Berkeley: University of California Press.

Lista de imágenes:

1) Two Boys Fighting (bullying), Getty Images stock msnbc.com.
2) Toma del documental Tears of Gaza (2010) de Vibeke Lokkeber.
3) Gloria Joe, Agosto 12 de 2013.
4) Same old frustration (2009-2014), Merdoll.
5) En artículo: Jern (January 15, 2013). Heteronormativity and Homophobia: The Unseen Nature of Education in Malaysia. Remag 01, 13.
6) Felix Crying (2010) de William Kentridge.