La revolución no es un círculo perfecto (más bien una elipse)

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"No tener un centro me rompe el corazón”, dice Hipatia, la filósofa, con un asomo de tristeza. Teoriza sobre el movimiento espacial de los planetas —“errantes” le llamaban—, las estrellas, la Tierra y el sol. La filósofa, reconocida por sus conocimientos en matemáticas y astronomía, recibía de todos los confines del Imperio a jóvenes aristócratas que iban a educarse en su escuela en Alejandría del siglo V. Ser mujer y una de las inteligencias más famosas de la tardía Antigüedad en un mundo de patricios era un atrevimiento y como tal muy peligroso. Esa es la historia que narra Alejandro Amenábar en Ágora (2009). 

Ambientada en esa ciudad de la costa norte de África, vemos a Hipatia discutiendo con sus estudiantes, paganos y cristianos, el movimiento de los cielos. Entretanto, el mundo que la rodea convulsiona ante la fuerza avallasadora de los cristianos, convirtiéndose en la fuerza mayoritaria, desplazando a la fuerza a paganos y judíos hasta la ilegalidad, el exilio o la muerte. (No me interesa entrar en los detalles fácticos sobre la veracidad histórica representada en el filme, sino reflexionar sobre lo que puedo extraer de la película).

 

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Desde su cátedra en la Biblioteca de Alejandría discute las teorías astronómicas sobre el movimiento planetario por el universo. A pesar del conmocionado mundo exterior, Hipatia aprovecha cualquier momento para reflexionar sobre el problema de los planetas errantes. Intrigada por la teoría de Aristarco de Samos, expuesta unos siglos antes y la cual propone que el sol es el centro del universo, persigue su confirmación o refutación. La Tierra sería, entonces, otro planeta “errante” que orbita en perfecto círculo alrededor del sol. Es la historia de una devota de la ciencia y el arte, de la búsqueda del conocimiento enfrentada a la idea totalizante de dios como verdad única e incambiable.

“Somos todos hermanos” afirma Hipatia a sus estudiantes cuando los exabruptos sociales y religiosos invadieron el aula. Para ella todos los problemas pueden ser filosofados. Es por eso que percibe que el agresivo proselitismo de los cristianos era propio de “gentuza y esclavos”. Más bien, cree en el gobierno de los “mejores”, los más educados, los entrenados en el arte de pensar.

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Dos hombres desean a Hipatia. Sin embargo, ella lucha contra la “triste condición de ser mujer”. Evita seguir el camino apropiado para una mujer, que es el silencio frente a su hombre, sea el marido o el padre. Por eso cuando Oreste, uno de sus estudiantes, se le declara en el teatro obsequiándole una hermosa melodía, ella, para rechazarlo, le entrega un paño manchado con la sangre de su menstruación porque no es para nada “hermoso” y ella no tiene nada “hermoso” que ofrecerle. Es curioso cómo la prueba irrefutable de su femeneidad (y de su capacidad reproductiva) se presentacomo algo “no bello”, algo para repeler al joven patricio. 

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El otro hombre es Davus, su esclavo personal, pero Hipatia no era capaz de percibir ninguno de sus deseos pues, en un sentido estricto, él no era un hombre. A pesar de ello, Davus resultó ser su mejor alumno. Movido por el amor hacia su ama, construyó un modelo que representa el movimiento planetario alrededor de la Tierra con sus planetas de órbitas errantes. Dividido entre el amor por su ama y el dolor que le causa su indiferencia, la abandona (no sin antes demostrarle con violencia, muy cerquita de la violación, que la deseaba como mujer) y se va con los cristianos. Se une a los “parabolani”, los “soldados de dios”, una suerte de vigilantes callejeros, brazo armado de la cruzada evangelizadora y moralizante dirigida por el obispo Cirilo. De manera que, para ser libre se convirtió en un perseguidor.

Oreste, por su parte, también abraza la fe cristiana, pues le resultaba imprescindible para adelantar su carrera política.

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Es necesario ver en este complicado escenario al cristianismo como una fuerza contradictoria y, hasta cierto punto, democratizadora que permitió a muchos moverse socialmente. Para los cristianos, la biblioteca y la actividad intelectual que allí ocurría generaba recelo puesto que además de preservarse el culto pagano (también era un templo para Serapis,dios guardián de Alejandría) se perseguía un conocimiento que era visto como un reto a la autoridad de (su) dios.

La “revolución” cristiana también desató una lucha por el poder intelectual. Para ello, los obispos, nuevos jerarcas del saber, (y en medio de una guerra interna) querían cambiar el centro de la última autoridad. No reconocían la biblioteca, con sus cientos de miles de papiros, como depositaria del conocimiento del mundo, como el centro de ese poder. Ahora sólo un libro contiene esa potestad: la biblia. Alrededor de ella todos deben girar en perfecto círculo orbital.

Cada revolución carga consigo un cúmulo de reivindicaciones democráticas que busca integrar a algunos marginados en la sociedad. Pero, siempre terminan marginados nuevamente de alguna otra manera o marginando a otros como fueron marginados antes y así consecuentemente hacia la imperfección. Al mismo tiempo, la revolución desata un fuerte impulso destructor que, como ángel de la muerte, arrasa con el pasado para (ilusoriamente) empezar sobre una nueva tabla. 

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En realidad no sabemos cuán desentendida estaba Hipatia de la situación política. En el filme, suúnico interés es el saber y sólo aspira, para morir satisfecha, ayudar a resolver el misterio. Declara que su religión es la filosofía, la duda es su doctrina y la fe radica en la misma búsqueda intelectual. Por ello es necesario evitar la cómoda mirada que supone la certeza. “Supón que la pureza del círculo nos ha cegado y no podemos ver nada más que eso,” reflexiona. Es en este momento de epifanía que Hipatia comprende que la perfección del círculo es el problema. Entonces des-centra al universo —porque desde nuestra perspectiva el sol se ve en dos lugares distintos— y propone la elipse como solución al movimiento orbital de la Tierra alrededor del sol. Al fin y al cabo, “el círculo es una elipse con dos centros tan cercanos que parecen uno”. El misterio ha sido resuelto.

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No obstante, Hipatia, la filósofa, no pudo divulgar su hallazgo. Oreste el político y Sinesio el obispo, sus antiguos estudiantes, la silenciaron. “¿Cómo te atreves, bruja, a poner en duda los designios de dios?”, casi le reclaman entristecidos y desilusionados por este nuevo rechazo, para ellos, tan grotesco como un paño ensangrentado. Ante la censura, la filósofa se entregó a su destino. Capturada por los parabolani, enjuiciada y sentenciada a las purificadoras piedras lanzadas por los soldados de dios.

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