Para llegar a Brasil, patear una pelota también es ruta (2da parte)

Dejé atrás el primer juego, dejé atrás la primera victoria de Brasil, dejé atrás a São Paulo. Me dirigí a Fortaleza, en el nordeste del país, donde me espera el juego entre Brasil y México. El avión estaba lleno de mexicanos, todos ávidos por ver el juego. Iban hablando, riendo, cantando, con sus camisas y gorras verdes o tricolores. Sin embargo, hasta dentro de ese entusiasmo, se podían encontrar comentarios de que la Copa, en general, era para los ricos. 

Algunos tomaron préstamos o gastaron de sus ahorros para ir a algún juego, pero la mayoría no podía pagar los costos (boletos de entrada, hotel, pasaje de avión…). Lo mismo les sucedió a los brasileños, incluso viviendo en el país, incluso con las rebajas (a los nacionales les cuestan más baratos los boletos que a los extranjeros). Además, ante la alta demanda por entradas, el proceso inicial fue un sorteo a través de la Internet para los que tuvieran tarjeta de crédito, lo que lo hizo aun más inaccesible para la mayoría pobre del país. Solo unos pocos fueron regalados a comunidades de bajos recursos; por ejemplo, conocí a un niño que ganó un ingreso en un sorteo en su escuela (pero una golondrina no hace verano). El público que predominaba en los partidos era de alta posición económica, sector que muestra una menor pasión por el juego que los de menos poder adquisitivo. Esa pasión se traduce en cantos, gritos, sufrimientos y alegrías, que van del cielo a la tierra cuando se ve un juego en el estadio o en una calle de una comunidad pobre.

Estando en el nordeste, volví a escuchar las quejas yrevoltamento de los brasileños ante los desmanes, los altos salarios de una minoría, los bajos salarios de la inmensa mayoría: 250 dólares al mes (según me dicen varios de ellos) para quien trabaja por el mínimo, cinco días a la semana, ocho horas al día). Incluso para mí, que gano más que el promedio, a veces las cosas no eran tan baratas. La verdad es que, como ellos dicen: “el brasileño hace milagros con sus reales”. 

Haciendo mi entrada al estadio Castelão: vestidos de charros, del Chapulín, con máscaras de lucha libre, trajes típicos y sombreros gigantes, iban pasando y cantando los mexicanos. (Brasil tiene más historia y calidad, pero México tiene más pasión). Las banderas que más abundaban eran las brasileñas, pero también las de los equipos locales de Fortaleza y Ceará, algo similar a lo visto en el estadio paulista. Los cantos brasileños eran los mismos escuchados antes en São Paulo. Los mexicanos cantaban “Las mañanitas” y le gritaban puto (homosexual) al golero brasileño cada vez que pateaba la pelota. El prejuicio racial es combatido por la FIFA, pero el prejuicio machista, contra las mujeres o contra los homosexuales, es ignorado. A pesar de que antes del comienzo de cada partido se exhorta a combatir todo tipo de discrimen. El juego concluyó con un desilusionante empate 0-0. El portero mexicano salvó a su equipo de la derrota y el conjunto tricolor se desempeñó mejor de lo esperado.

Terminado el partido, regresé a la casa donde me hospedaba. Temprano al día siguiente salí rumbo a Brasilia, para ver el juego de Brasil contra Camerún. Se necesitaba una victoria, y una victoria se obtuvo: un contundente 4-1 marcó el pase de Brasil a la ronda de octavos de final. Los fanáticos de la capital son más seguidores del equipo nacional que los de muchas ciudades con equipos destacados en la liga brasileña. Tal vez, como Brasilia no tiene un equipo importante, los une más la selección nacional. Esto fue palpable en la alegría de los fanáticos, en sus constantes canciones y en su mayor confraternización, aun con extraños y extranjeros como yo. 

Los siguientes partidos de Brasil fueron victorias ante Chile (3-2 en penales, luego de un no menos emocionante empate 1-1 en el tiempo reglamentario) y Colombia (un merecido 2-1). Ya el país sede aseguraba un cuarto lugar y soñaba con la final; sin embargo, el juego semifinal era contra Alemania, un duro rival, con el desastroso resultado ya por todos conocido y del cual prefiero no acordarme. Cayó la selección, cayó Brasil.

En Río de Janeiro la ciudad estaba irreconocible. Me reuní con amistades y buscamos un bar donde ver el partido por el tercer lugar, entre Brasil y Holanda, pero las opciones eran escasas: muchos establecimientos estaban cerrados. Entre las pocas personas que se veían en la calle, solo algunas vestían los colores verde y amarillo; casi todas, casualidad o no, estaban de negro. En un famoso bar de Laranjeiras, una brasileña favorecía a Holanda y celebraba la derrota de Brasil. Nadie le dijo algo. Encontré extraña esa tolerancia; hasta me molesté más por el comportamiento de ella que los mismos brasileños. Vi esa pasividad incluso hacia los insultos de los miles de fanáticos argentinos que habían llegado a Brasil y acampaban en parques y estacionamientos. En Río de Janeiro los habían ubicado en el Sambódromo, donde nadie los molestaba ni les hacían nada. Antes de estar aquí, hubiera pensado que les iban a pegar fuego, pero fueron bien recibidos.

Los brasileños no son fanáticos locos cuando su país se enfrenta a otros; la mayoría respeta al contrario. Hasta aplaudieron a Alemania luego de la derrota de Brasil. Ese comportamiento de muchísimos fanáticos argentinos ha hecho que sea imposible torcer a favor de Argentina. En eso coinciden casi todos los latinoamericanos y la inmensa mayoría de los brasileños. No tienen humildad, cantan y pronuncian insultos, y hasta buscan pelea con los fanáticos de los demás equipos. Cucan a los brasileños al burlarse de su derrota y osan decir que Maradona es más grande que Pelé. La mayor respuesta la escuché esa misma noche, en la madrugada, en una ronda de samba en el Centro, cuando los cantantes improvisaron versos satíricos hacia los argentinos, como “Pelé tiene más títulos que ustedes”.

Luego de un mes, llegó el último día del torneo sin uno de sus esperados protagonistas: Alemania o Argentina sería el campeón de la Copa del Mundo 2014. Me dirijí hacia el tren, para encaminarme al estadio. La mayoría del trayecto estaba lleno de argentinos: algunos con boletos para ver el juego, otros que vinieron solo para sentir el ambiente de una final y verlo en la pantalla gigante colocada en Copacabana. Iban alegres y cantando (aunque casi cantaban más contra Brasil que a favor de Argentina). También hay que darles crédito: son los más creativos en cuanto a canciones originales y variadas. El rival alemán apenas era mencionado. Parecería que la final era Argentina vs. Brasil. 

El estadio estaba balanceado entre argentinos, alemanes, brasileños y otros extranjeros. La alegría y la tensión eran palpables: por momentos, silencios casi sepulcrales; de sopetón, un jugador se acercaba a la portería contraria y el lance del balón creaba gritos y alivios. Cuando el gol alemán quebró el empate 0-0 durante la segunda prorrogación, gran parte del estadio estalló en celebración, mientras la otra parte callaba, manos en la boca, la cabeza o la cintura. Acabado el partido, muchos argentinos abandonaron el parque antes de la ceremonia de premiación o quedaron casi paralizados. Otros lanzaron objetos contra los brasileños, quienes, por las razones antes mencionadas, favorecían en su inmensa mayoría a Alemania y salieron cantando alegremente: “Yo no soy argentino, yo soy campeón”. Al final, triunfó el mejor equipo, el que jugó mejor en conjunto, sin depender de un jugador. Antes del inicio del torneo, perdieron a su anotador más destacado y, con todo y eso, ganaron.

Terminó la Copa del Mundo, Brasil 2014. Muchos la calificaron como la mejor o una de las mejores de la historia. En términos futbolísticos, sí, la historia la recordará; pero, en cuanto a los brasileños, me parece que la inmensa mayoría preferirá dejarla en el olvido como una pesadilla repetida (un nuevo “maracanazo”), no solo por el fracaso en el campo de juego, sino por la derrota en lo económico, en la infraestructura, en los servicios básicos, en la búsqueda de equidad, en el país que desean ser y que, definitivamente, no son. 

 


Lista de imágenes:

* Todas las imágenes son grafitis en las calles de Brasil, anti Copa del Mundo 2014.