El olor de la palabra rota: sinestesia dialógica

dibujo

Una vez abrimos la portada del libro, nos encontramos con lo que parece ser una sonrisa parca y discreta, dibujada al carbón, resguardada tras la mano que reposa con la misma seguridad. Su gesto enigmático evoca al de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. Pero, la nuestra, la caribeña, infringe el diálogo visual para adentrarse en las profundidades del lenguaje literario. Allí las palabras emanan olores que nos llevan a través de las memorias y anhelos de la voz poética que Doris Melo ha creado en este nuevo libro, El olor de la palabra rota.

sonrisa

La poeta dominicana va mucho más allá de rescatar el nexo entre el lenguaje más sofisticado y el cotidiano. Melo desarrolla su discurso poético en y desde las asociaciones que establecemos, a través de los sentidos, entre abstracciones y fenómenos concretos; específicamente desde el olfato, como medio para acceder a las certezas epistemológicas que, a menudo, resultan tan elusivas a nuestro entendimiento como las fragancias mismas – inefables. Es aquí donde cobra importancia el fenómeno de la sinestesia, esa capacidad para captar el olor de un concepto o una entidad que no debería o no podría poseer dicha cualidad, tales como los colores, los sentimientos y las palabras:

Palabras que se desprenden al caer,
como ebrios, lánguidos fragmentos de hojarasca,
jazmines derrumbados. (Melo, 2011, 12)

 Según la ciencia, “un sinestésico puede, por ejemplo, oír colores y ver sonidos, o percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto”. Aunque dicho recurso es empleado en la retórica con el fin de manipular la opinión de una audiencia en particular, en el caso que nos ocupa, la voz poética creada por Melo no pretende convencernos de nada, sino sencillamente compartir su eventual distanciamiento de la tradición estructuralista, desde donde se privilegia la mirada (lo visual) como medio infalible para acceder a la verdad de las cosas y establecer determinados niveles y procesos de asociación de conceptos, conforme al pensamiento occidental. En este caso, la palabra dicha, y no la imagen visual, adquiere la calidad etérea del olor que se transfigura en discurso:

o inventar una memoria,
que omita el nombre de las flores
y luego llegue a ser mi voz,
perfume enajenado por tu ausencia. (73)

fotos

Aquí la memoria olfativa juega un papel crucial en el cuestionamiento de esquemas que ejerce la voz poética: no maniqueo, conforme a la retórica, sino dialógico; capaz de reconocer la coherencia entre enunciados aparentemente paradójicos o antagónicos a priori, cuya armonización no descansa de lleno en la licencia poética. Las palabras-olores o los olores-palabras actúan en perfecta armonía con los objetos concretos y sus connotaciones léxicas, incluso al momento de personificarse:

queda solo en la distancia
el aroma de aquel perfume a sándalo
y un cántaro repleto de palabras guerreras
guardadas en mi maleta llena de rutas. (56)

dibujo de cara de hombre

Conforme a la óptica occidental, la memoria olfativa, aunque muy poderosa al momento de evocar con inmediatez recuerdos relacionados a olores, no resulta tan confiable y certera frente a la memoria visual. Sin embargo, la voz poética creada por Doris Melo despacha esa afirmación con un gesto relajado. Ésta, por su parte, se enfoca en apelar a sus interlocutores con la misma confianza que se emplea con las amistades más entrañables, para llevarlos a la plena apreciación del silencio -ya no como torturador, sino como cómplice- como espacio idóneo para captar el olor de una palabra, antes rota y luego zurcida mediante un trance sinestésico que nos permite acceder de lleno a la victoria sobre las tretas y traiciones del azar:

en el regreso de tu aroma a sándalos
y en el sin sentido
me dejo llevar para coser olvidos. (11)

[...]

Desnudando el refugio de un hombre
que huele a canela y almizcle,
un hombre que se insinúa
bajo una sonrisa cómplice,
que conversa conmigo
y se hace eco de mis voces internas, (41)

[…]

Sí, es cuestionable ese diálogo
entre el macho y la hembra
¿pero qué callan en su vuelo?

[…]

Es la nada
frente a un cántico amanecido de palomas,
lavanda que adelgaza el viento
hacia la más desnuda lejanía. (69)

Así se efectúa el reconocimiento de una realidad mucho más rica y compleja que promete más y mayores satisfacciones que las ofrecidas por la celeridad de la sociedad actual. La voz poética en El olor de la palabra rota se postula como apta para transformar su entorno, además de reparar y reivindicar sus querencias, apetencias y creencias. La palabra rota implica, precisamente, esa ruptura con las taras discursivas que pretenden impedir el libre flujo de la lengua en su máxima complejidad y expresión como un aroma: la poesía.

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