Aquel filósofo danés

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Pensaba que las ideas esencialistas sobre el ser humano poco tienen que ver con la existencia individual de cada cual. Y es que lo humano no es un proyecto ya constituido, sino lo que hacemos de nosotros mismos. Claro, que este punto de vista privilegia la reflexión sobre la existencia versus la esencia, que era el antiguo anclaje reflexivo de las filosofías tradicionales. Para el existencialismo, el sentido de la vivencia humana está en la experimentación de la existencia propia. Entonces, lo aprehensible en particular, aquí y ahora, define este caminar decisional que es la vida; no unas cualidades ontológicas preexistentes.

Con Martin Heidegger, Karl Jaspers, Jean Paul Sartre, Gabriel Marcel y Merleau-Ponty, para mencionar algunos, el existencialismo se convirtió en una de las filosofías de mayor difusión durante el siglo XX. Si bien tuvo inicios después de la Primera Guerra Mundial e influencias consecuentes en el contexto de la Segunda, hay antecedentes previos, como veremos. Antes o después, los temas de la finitud de la vida, la desesperanza, la angustia, la conciencia de la existencia y de la muerte, transgreden los cánones abstractos de los esencialismos. Igualmente, subyace a esta corriente los énfasis en la libertad y la responsabilidad inevitables. El ser para sí es la clave reflexiva, no el ser en sí.

Heidegger lo denominó el Dasein o el “ser ahí”, la realidad particular que está siendo; que se elige a sí misma. Sartre sentencia la libertad del ser humano condenado a ser libre sin referentes absolutos o Dios en un mundo contingente y absurdo. La existencia individual es también un ser para el otro que experimenta la suya propia arrojado ahí en un constructo carente de significación y fundamento.

Ha habido existencialistas cuya reflexión incluye la categoría religiosa o lo trascendental. Quien es considerado el precursor de ese andamiaje filosófico, y a cuya memoria nos referimos al inicio de esta artículo, el danés Sören Kierkegaard (1813-1855), planteaba  el vínculo ser humano-divinidad como el eje principal de la existencia. Encontramos en su biografía una crisis personal de raigambre ideológica y emocional que lo condujo a internarse en una experiencia de carácter espiritual que permeó toda su obra escrita.[1] Copenhague contextualizó la mayor parte de su vida; el lugar de las angustias e influencias de corte religioso provenientes, especialmente, de su padre, un luterano, pietista, riguroso y moralmente escrupuloso, plenamente convencido del concepto pecado y sus consecuencias en la familia. Allí estudió teología, que era la voluntad del padre, quien promovía que el hijo fuera pastor de una congregación. Entre la melancolía, la angustia y la búsqueda de experiencias, en ocasiones disímiles a la formación obtenida, finalizó su doctorado en 1841 con una disertación en torno al concepto de la ironía en Sócrates.

Aquel filósofo danés ha sido caracterizado como un existencialista cristiano. Probablemente, esa categoría podría adjudicarse, asimismo, a Agustín de Hipona (354-430) o a Blas Pascal (1623-1662) y a otros después de Kierkegaard, definitivamente. La constante entre él y los existencialistas posteriores es el esclarecimiento del sentido de la existencia humana en la concreción individual de la subjetividad. Contrario a las tendencias filosóficas deudoras del pensamiento de Hegel, cuya antropología era abstracta, en el teólogo de Copenhague resalta lo concreto ligado a lo absoluto.

Hegel conceptualizó tres estadios; uno de ellos superior, el espíritu absoluto, cuyas leyes comprenden el arte, la religión y la filosofía, ésta última prima sobre las otras. Marx interpretó en el desarrollo de la materialidad económica y colectiva, la casa propia de la existencia humana donde es transformada la historia. Por tanto, la subjetividad es supeditada a la dialéctica conducente al espíritu absoluto hegeliano o al materialismo histórico marxista, entidades capaces de absorber  o desparecer las individualidades concretas.

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Pero, ¿cómo conjugan en Kierkegaard lo individual y lo absoluto? ¿Cómo la preocupación angustiada por el presente enfoca su mirada en reflexiones de orden ontológico? Certidumbre y paradoja se juntan: la subjetividad del ser finito halla significado en el infinito o Dios. Kierkegaard postula sus estadios de la existencia, etapas que sintetizan su vida personal en Copenhague, como modos de ser elegidos libremente. Son tres: estadio estético o de placer que busca obtener el máximo de satisfacción sin dolor ni compromiso; el estadio ético o de afirmación en las relaciones con los otros, la responsabilidad y los compromisos; y el estadio religioso o de relación personal con Dios por medio de la fe. Este último significa la existencia auténtica, porque implica una decisión libre frente a la absoluta trascendencia divina.

Pasar de un estadio a otro supone decisiones existenciales o saltos cualitativos hasta llegar a uno de mayor autenticidad, aunque no hay continuidad como tal o una dialéctica cuantitativa y racionalista, como en Hegel, sino cualitativa y religiosa. La angustia y la desesperación del ser arrojado ahí, en un mundo despedazado, contradictorio y paradójico, encuentran comprensión en la entrega a lo religioso-existencial. Objetivo éste que no es sinónimo de tranquilidad o paz duradera, valores conformistas predicados por las iglesias, sino inquietud y preocupación.

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De ahí que el filósofo y teólogo danés se convirtió – valga el término con matices doctrinales - en un crítico a ultranza de la cristiandad de su época. Kierkegaard diferenciaba entre la institucionalidad religiosa y el cristianismo. Para la primera reservó sus argumentos más demoledores por considerarla una versión cristiana diluida y sin compromisos serios; para lo segundo, su obsesión cuasi delirante por la certidumbre paradójica de su discurso.

Evidentemente, hay diferencias mayores entre el pensamiento de Kierkegaard y el de otros existencialistas. Por ejemplo, en Sartre el Humanismo es categórico,[2] tanto que para él los conceptos de Dios, creación, salvación, etc., son absurdos y contradictorios. Fuera de los valores construidos por el ser humano, no aparecen referentes a qué atenerse. Pero el Precursor del existencialismo sí reservó un espacio metafísico lejos del caos existencial y de las limitaciones de la racionalidad y las certezas. Allá ubicó el absoluto imaginado por la interpretación cristiana y la mediación de la fe: una trascendencia inmanente que  sobrepasa la historia y, simultáneamente, es cercano, encarnado e inherente a ella y existencialmente vivible. 

Creció en un ambiente pietista inculcado por las creencias de su padre. Las crisis existenciales acompañaron sus días hasta el último. Estuvo imbuido por la teología luterana y la filosofía hegeliana, pero fue crítico de ambas y concentró el quehacer filosófico en la problematización del fenómeno religioso. Lo llamamos existencialista, y quién lo duda, si su sistema de pensamiento es tan controvertido como la subjetividad que lo construyó.

Notas:

[1] Así puede constatarse en: Lo uno o lo otro (1841), La repetición (1843), Temor y temblor (1843), Las migajas filosóficas (1844), El concepto de la angustia (1844), Estadios en el camino de la vida (1845), etc.

[2] El existencialismo es un humanismo, es el título de su obra escrita en el año 1946, una especie de manifiesto del existencialismo. 

* Todas las ilustraciones son de Rick Beerhorst.