Orejón Armenteros

(Fragmento de un récit policiaco)

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A la mañana siguiente, vamos de compras a San Juan. Desayunamos en la Bombonera; Dolores se va de tiendas. Leo los diarios. Salgo a la acera y me recuesto de la vitrina a fumar y mirar a la gente pasar. Impulsivamente, cruzo la calle hasta la Barbería de Paco Piñol. Tropiezo con el Orejón que viene de salida, afeitado y empolvado.

--Orejón Armenteros, pareces una mallorca, coño.

--Miguel. Es que a Doro se le va mano siempre con el polvo.

Sonríe al viento; mira el Ford nuevecito, convertible.

--Te vi estacionar. Veo que estás bien de chavos, dice.

--Me lo regaló Canel. ¿Sigues con Poder?

--Ya no estoy con Poder, tengo jefa ahora: doña Violeta Degrelle.

--¿Te trata bien?

--Ni te cuento. ¿Es verdad que te jubilaron de la Policía?

--Sin discusión, medio sueldo.

--Tienes leche. Mataste a dos en el cuartel y mírate.

--Es que venían a por mí Orejón, tú mismo me lo dijiste aquel domingo.

--Con cuidadito, Miguel.

--Con cuidadito tú que me dijo Carmen Pura que te van a matar. Tú sabrás...

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--Eso es despecho, se pasa diciendo eso por ahí.

--Coño chico, Esa mujer te quiere. Fue hasta Arecibo a contarme que te van a matar.

--También se lo dijo a mi hermana. Y no le convienen esas conductas. Carajo, la mujer de un fiscal y la gente la conoce por mí. La gloria reflejada, tú sabes.

--Yo le advertí eso. Que te sacara de la mente.

--Ojalá y te oiga. Ahí nos vidrios, Miguel,--  dice y enfila calle abajo hasta la Barandilla.

En eso sale Dolores de una tienda de lencería fina. Cruza la calle cuando el Orejón se aleja. Me pregunta:

--¿Ese es el Orejón Armenteros?

--Sí

--Pues, lo veo andando en las sombras...

--No lo veo, pero lo sé...

Desde el hotel New Yorker, llamo a Pablo a Homicidios y el guardia retén me contesta que anda por la calle. Me identifico.

--Coño, si es la muerte en bicicleta. Mire sargento...

--Ex sargento.

--Usted es vitalicio, Miguel. ¿Sabe quién se murió? El Orejón Armenteros, ahí es donde está Pablo, llamaron no hace ni media hora.

--¿Cuál es la dirección?

--La Sol y San Sebastián, subiendo por Tanca.

--Gracias, oficial.

Le dejo una nota a Dolores que toma una siesta y salgo a ver al Orejón en su nuevo estado donde no se sufre, pero tampoco se goza.

Llego a la casa en taxi. Hay dos guardias dentro del zaguán, que tiene la puerta abierta. No me dejan pasar.

--Hable con el detective que él me conoce.

--Mire, ahí está hasta el procurador general y un ayudante de Muñoz. La señora de la casa no es cualquier pendeja.

--Trate, por favor, le pido.

Entra el guardia y me quedo en el zaguán con el otro. Enciendo un cigarrillo y le ofrezco. Toma uno pero dice que está de servicio. Lo guarda en el bolsillo de la camisa.

Regresa el primer guardia y me dice que puedo pasar pero sin tocar nada. Le explico que fui sargento de la Policía.

--Ah, no sabía, dice el guardia con cara de nuevo.

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Pablo me recibe en la sala. La dueña de la casa es una mujer guapa. Lleva un vestido amarillo y calza unas alpargatas rosa pálido con una cinta entrecruzada de tobillo a media pierna. Fuma Toros. Me mira con curiosidad.

--Lo vi esta mañana, al Orejón. No sabía que estaba enfermo, le digo a Pablo.

--Esa es la teoría del fiscal, que el Orejón era pintura y capota, que fue un infarto. La señora cree que se degolló.

--¿Hay sangre?

--Poca, se estaba afeitando y se cortó y luego se desplomó muerto. Ella estaba bañándose y escuchó el guatapanazo. Lo vio y llamó a la Policía. De eso no hace ni una hora.

--¿Y cuándo llegó el fiscal?

--Sanjurjo, llegó primero que yo. Es que vive cerca y ella también lo llamó.

--¿Y Vierita, el que llega entre dos tiros?

--A ese no lo llamaron.

Hablamos en voz baja. Miro a la dueña de la casa que sigue fumando en cadeneta. En la pared hay varias fotos de ella en reuniones sociales con Muñoz, con un par de senadores y dos americanos que he visto en la prensa buscando dónde invertir su platita en la luminosidad que prometen.

Hay dos pendejos como cara de funcionarios, muy correctos ellos, traje blanco y corbatín de nudo mariposa. La acompañan en el sofá. Conozco a uno de ellos de verle seguido en el tribunal, es abogado de casos notables.

--Pablo, aquí estás pisando huevos...con mierda adentro. Si el fiscal está empujando, de seguro que tiene instrucciones. Recuerda que Orejón tiene treinta años, difícil la teoría suya del infarto, le digo.

--Desde que llegó no hace otra cosa que joder para levantar el cuerpo, me contesta.

--¿Puedo pasar?

--Claro, ven conmigo.

Pasamos al patio interior empedrado donde crece un jardín que tiene el encanto de la decrepitud. El yacente está boca arriba, descalzo, con un batín de seda color lila con un vivo blanco, grueso, de cuando era campeón.

--Miguel, tú por aquí, me dice el fiscal.

--Vine a San Juan en asuntos y hablé con el aquí difunto esta mañana frente a La Bombonera. Increíble.

--Estos boxeadores se revientan por dentro. El castigo se acumula. Tiene señas de infarto, las uñas, tú sabes...

Me fijo con detenimiento. Noto que el muerto tiene los pies limpios.

A mis juicios que lo mataron.

Sigue el fiscal:

--Estaba afeitándose cuando le sobrevino el síncope, se cortó el cuello pero fue superficial. Le expliqué a su casera que no se degolló. Quedó muy impresionada ella. Tú sabes...

De modo grosero junta pulgar e índice y mete y saca el índice de la otra mano. Entonces pasa a firmar la orden y los de patología se lo llevan.

Le cierro los ojos al Orejón y aprovecho para acariciarle la cabeza por detrás. Me requedo en el patio con Pablo. Desde allí observo cómo ella se pone de pie y se abraza el pecho, ligeramente estremecida, cuando le pasan el muerto por delante. Los dos funcionarios y el fiscal se le unen en el honor pasajero al Orejón.

El fiscal se adelanta y habla con ella. Pablo y yo seguimos hasta el final del pasillo de entresijos y trepadoras que conduce hasta el apartamento del finado.

--No hay agua en San Juan desde las cinco de la tarde y aquí no hay cisterna...y ella se estaba bañando, dice Pablo.

--Y él estaba en el patio caminando descalzo y tiene los pies limpios. ¿Lápiz astringente?, le pregunto.

--Lo tengo en el bolsillo. Fue lo primero que recogí. La navaja también. La señora nunca la había visto. Es nueva... y de las caras, Solingen. No la llegó a usar, estaba limpia y parece que se había afeitado más temprano. Ah y faltaba la toallita para limpiarla.

--Salía de la barbería esta mañana cuando lo vi. Esto es un mise en scene, planteo.

Entramos al recinto espartano de mueblería y adorno, cama, butaca y una mesa donde queda la huella del espejo que usaba el difunto cuando se afeitaba. Había agua regada por el piso, donde iba la jofaina.

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--Teoría: estaba afeitándose aquí y se cortó. Se aplicó el lápiz astringente y algo tenía untado que le propició un infarto. Murió en la cama y ella lo cargó hasta afuera, por eso los pies limpios, dice Pablo.

--Y no tenía un chichón en la cabeza que lo habría de tener si se cayó de espalda como lo encontraste,-- le digo.

--Mujer fuerte. Lo cargó y lo colocó en el patio y le llevó todo, lápiz astringente, navaja, jofaina con agua, el espejo.

--¿Le examinaste el pájarito?, pregunto.

--Venía de sacudírselo.

--Teoría mía, si me lo permites.

--Dale...

--No se afeitó. Venía de eso no hace ni seis horas. Fíjate Pablo que hay gente que hace puterías con pistolas a la rusa, sogas, navajas. Orejón conocía de eso y a lo mejor hubo un polvo y él se le murió debajo. Y entonces resulta que el lápiz es inofensivo.

Me fijo en el butacón. En una mesita una cajetilla de Toros y un cenicero lleno. Noto una mancha y se la señalo a Pablo.

--Después del polvo ella se sentaba aquí y trepaba la pierna en el asiento. Se le escurría el regalo del Orejón. Y la mancha es concéntrica, así que era bastante seguido el asunto. También Orejón pasaba tiempo aquí pero no vivía fijo, falta la mitad de las cosas que tenía. Vivía en la Duffaut al lado de Doña Noña. Si lo mataron, por algo ha sido.

--La teoría de morirse cabalgando me suena más clara. Pero no era como para callárselo. “Estábamos chichando y se me murió debajo”. Pudo haber dicho eso. No sería el primero ni el último, explica Pablo.

--Tienes que andarte con cuidado. Esta señora conoce a gente influyente. Tiene fotos con Muñoz y con el senador ese que vino a pescar billetes. Me tocó una vez escoltar a un agente de aduanas que no le permitió a Muñoz bajar a la pista a recibir a un senador americano amigo suyo.

--¿Por qué?

--Un pendejo de aduanas. Decía que eso era territorio federal y que no podía pasar. A la semana lo transfirieron a Gnome, eso es en Alaska y él vivía en Río Piedras.

--¿Y tú lo escoltaste?, pregunta Pablo.

--El Coronel me dio instrucciones de tirar a matar si no se quería subir al avión. Y eso que Muñoz era presidente del Senado. Aquí hubo un asesinato. Pero es conveniente, por lo pronto, pasar con fichas.

--Nada, busco el perro más sarnoso y le doy un pastelillo con un raspado del lápiz, y aclaramos las dudas. Si el perro se muere hubo ‘foul play’.

--Yo que tú le doy el pastelillo al fiscal. Así no te jode más y pruebas el asesinato mendaz.

Regreso a las cinco de la tarde. He pasado por casa del Orejón y hay dos carros del U.S. Government justo al frente. Pienso en Carmen Pura y me da que por ahí va la cosa.

 Llego al hotel, Dolores está despierta.

--Mataron al Orejón. Soñé que tú le cerrabas los ojos.

--No lo soñaste, lo viste, bruja.

Me salté el entierro del Orejón. No voy a entierros de asesinos y me consta que mató al Zurdo. Todavía me acuerdo de la cara de Pagliacci que puso cuando le dimos tierra a Galíndez en Villa Palmeras.

Esa noche vamos a bailar al Esquife. Bailamos boleros  de los que rayan en la indecencia.

Regresamos a Utuado. Seguimos el caso Armenteros en la prensa. Dura dos días y desaparece, hablan de ‘lamentable-pérdida-en-la-plenitud-de-sus-días’ y una sentida nota sobre el sepelio que tuvo efecto en el Cementerio Municipal, muy notada la concurrencia.

Lista de imágenes:

1. Sorrento Street Scene, Lou Marchetti.

2. La Contessa, Lou Marchetti, 1954.

3. Portada del número de marzo 2 del 1935 de la revista Detective Fiction Weekly, LeJaren Hiller.

4. Mujer vistiéndose vista entre celosías, Lou Marchetti, 1954.

5. Portada de El testigo, Robert A. Maguire, 1957.

6. Portada de Shriek with Pleasure, escrita por Toni Howard, ilustración de Lou Marchetti, 1955.

7. Portada de la novela Tonight it's me, por Lou Marchetti, 1957.

8. Portada de la novela Sing me a Murder, por Lou Marchetti, ca. 1955.

 

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