El increíble Hombre Lagartija

mujeres


~a Aravind Enrique Adyanthaya~


Cada cuatro años, el bombardeo de promesas y estribillos alcanza niveles estratosféricos de banalidad y estupidez. Aunque no lo querramos, este trastoca nuestro cotidiano discurrir. No pocas veces desearía salir con mi escopeta e ir tras los que accionan la sorda barahúnda, y discapacitarlos. (“Neutralizarlos”, bailaría en la punta de la lengua de mi padre, miembro del cuerpo represor nacional. Es decir, policía). Pero sacar de circulación a uno de tales energúmenos, no afectaría en nada los resultados. Con celeridad, otro abandonaría el anonimato de sus madrigueras y vendría a engrosar las filas de la singular jauría de braquicéfalos que no tienen ojos para el porvenir, sino para la oportunidad y la apetencia inmediata.

En el ciego furor, los colmados y cafetines, igual que las barras, al mismo tiempo pasan a ser antros y ambiente familiar, en los que el consumo de alcohol (y la promiscuidad) no se escatima.

Hace meses que por estos lares no cae ni gota de agua. No entiendo por qué resquemor o argucia climática, el cielo nos niega su dádiva. Ello no es la norma en estas tierras.

Desde la arena tibia del recuerdo, me visita la imagen de aquel poeta adiposo y asmático, el mismo a quien una oscura pradera distinta de estas le convidara a escapar del hecho de estar rodeado del rumoroso piélago y del combate de los espejos con sus flotas erizadas de banderas y saludos matinales. (En aquel otro que junto a él componía una perfecta pareja dispareja, quien sentenciara que la maldita circunstancia del agua por todas partes le obligaba a sentarse en la mesa del café). Pienso que tras él deshacerse del torbellino de ceniza que le cuelga entre los dedos y anclar su oleaginoso caer de párpados por la raya que parte en dos el cielo desde Guánica hasta la bahía de Boquerón, él bien podría dejar escapar por su robusto gaznate una esquirla del chisporroteo verbal que le es inherente: “No se nota, pero el ron se agota”. A semejante endecasílabo de redonda eficacia, el lentísimo desorden de mi alma esgrimiría la innombrable fiesta en labios del capitán Jack Sparrow: “¿A qué se debe tan leproso placer?”.

Foto

Entonces, más allá de la poderosa ceiba soltando a vuelo sus copos de lana gris, ambos desplazaríamos la mirada por la agonizante ruralía que se tiende por la colindancia de Piedras Blancas a Palmarejo, hasta reparar en esas iguanas que en actitud suicida se aprestan a cruzar los cuatro carriles de la autopista. Es época de celo y esto las lleva a emprender largas caminatas en busca de preservar la especie. (Es el norte que dictan la sangre y las hormonas).

Concentro mi atención en esa enorme iguana verdiamarilla, con el lomo cubierto de espinas. Parece disfrutar un baño de sol, pero no; esta y la que dormita bajo ella, copulan en silencio y sin apenas moverse. No les molesta que pose mi ojo escrutador en su aburrido quehacer. Al contrario, parecen complacerse en ser blanco de mi curiosidad.

Esas torpes criaturas son las mismas que, al tratar de esquivarlas, casi me han llevado a sufrir alguna aparatosa colisión automovilística. (Contrario a mí, mi padre y mi abuelo no escatiman en encimarles sus poderosas camionetas cada vez que se les cruzan en la carretera).

Sin la caterva del gobierno y el ominoso ruido de sus campañas políticas, salgo a caminar. Al fondo completan el paisaje los escabrosos picos de la Sierra Bermeja. Con esmero, la sal muerde mis labios resecos. Junto los párpados y, como quien escucha el sonido de una mano sola aplaudiendo, siento que, bajo el inclemente sol, atravieso el desierto. Al paso de mis huaraches, la brisa juguetona levanta el polvo dormido del camino. (Sobre el abismo de mis sentidos, un pinche zopilote se mece en su obstinado afán por ocupar el lugar de mi ausente costilla). Los nopales se constelan de ojos que no dejan de vigilarme.

Envuelto en una nube de copal, descalzo y vestido todo de blanco, se me acerca ese otro muerto de la salud perfecta: Atila Josef. Por encima de los hombros, me arroja puñados de sal y, en una lengua que no es la mía (pero que entiendo a cabalidad), me susurra que viajar en metro es siempre una aventura. Que es posible llegar a cualquier sitio. O no llegar porque, con la cabeza llena de palabras y de la música de los pájaros y los árboles, un poeta se ha echado a dormir en la vía.

Entonces, Atila gira sobre sus sangrientos talones y se esfuma. Poco antes, alcanzo a decirle que, a pesar de todos los posibles pesares, sigo enamorado de esta ciudad y de su ciega voracidad de yedra. Enseguida, la espalda se me cubre de escamas. También las manos. Son duras y verdes. Ahora soy el increíble Hombre Lagartija y, a gran altura, me deslizo por un alambre de púas.

Me falta el aire. Es esa garra siniestra e invisible recordándome cuán lejos estoy de mi tierra y los míos. Pero si caigo seré entonces el Hombre de Cristal y, al golpear las filosas rocas, me romperé en mil pedazos.

De repente, me parece escuchar las quejumbrosas cuitas de un coyote. Se trata del agudo silbido del Metro anunciando el cierre de puertas.


Lista de imágenes:

1. Graciela Iturbide, "Iguanas" en serie Juchitán, 1984. 
2. Graciela Iturbide, "Manos poderosas" en serie Juchitán, 1986

Categoría